miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sin título

Elisa apoyó la taza de achicoria sobre la antigua balaustrada de granito que había en el balcón, y se asomó al jardín. El aire mecía las ramas del olivo, sus nudos quedaban a veces descubiertos, apenas visibles en la luz tenue. Del césped se veían también algunas manchas, pequeños archipiélagos secos en el suelo de arcilla, pero Elisa sólo se había demorado en ellos un momento. Miraba el horizonte, mientras deslizaba las manos por la piedra cubierta de salitre, por las melladuras lentamente, el tacto áspero y reconfortante, cada grieta en su sitio del círculo que dibujaba con los dedos.
Se volvió hacia la habitación, la brisa le agito el cabello gris. De forma inconsciente se buscó en el espejo, vio sus ojos, velados por un brillo ausente. En el tocador de cedro que se hallaba debajo, había un diario manuscrito, forrado con papel adornado con dibujos de flores. El encuadernado se había deshecho al abrirlo, y Elisa lo había dejado sobre el pequeño montículo de facturas pendientes sin poder llegar a leer más de una página.
Su mirada recorrió el rastro de ropa usada  de la puerta a la cama, donde Daniel ronroneaba, entre las sábanas revueltas. Lo miró remisamente, su pelo abundante, la espalda ancha, la línea de los hombros dulcificada por la incipiente debilidad de los músculos. No le veía el rostro, pero le era fácil formarse en la cabeza su imagen, el tabique nasal recto, los labios gruesos, siempre secos, la profunda cicatriz en la barbilla del día en que la estacha se partió y el latigazo alcanzó a Daniel en el rostro. Se estremeció. Quiso arroparse con su camisón, pero la tela se deslizó de nuevo hombros abajo, recordándole que tenía roto el tirante. Echó un vistazo al reloj-despertador y con pasos delicados, se acercó a la cama para meterse entre las sábanas. Rodeó la cintura de Daniel con el brazo izquierdo, metió la mano por debajo del elástico de los calzoncillos y le agarró tiernamente el sexo. Estaba duro.
—A buenas horas —le dijo al oído, mientras Daniel se desperezaba.
—Déjame en paz, Eli —barboteó Daniel, riéndose con voz ronca—. Hostia puta, para un día que nos ponemos... ¿Has dormido bien?
—No he dormido nada.
            Y con cuidado de no hacerle daño en la espalda, empujó a Daniel fuera de la cama, que se quejó tontamente antes de dirigirse al aseo.

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