miércoles, 25 de diciembre de 2013

Variaciones

Adolescencia: No bebo por mitigar la nostalgia crónica. Como mucho, enturbio la evidencia de la paulatina madurez emocional, diríase que entrópica, por la lánguida pero perceptible sobredefinición de la incertidumbre de la que vamos siendo objetos con los años.
            Puede que a los veinte aún salga barato el olvido, que las noches sean productos desechables -léase: de usar y tirar-, pero menos tiene un Gran Reserva, me voy ya macerando en los recuerdos, tiene cuerpo la libertad incondicional. Los ídolos se reciclan, te sacas el rey de la baraja para hacerlo caminar, te acuestas, haciendo la cuenta de cabeza y sin querer, pensando en las horas que le caben al despertador en las entrañas.
Diciembre de 2006

Actualidad: No bebía para olvidar, lo que me molestaban no eran los recuerdos. Utilizaba el alcohol para ser menos consciente de que el paso del tiempo —tiempo medido no en años, sino en cambios en la forma de percibirse a uno mismo— solo me había servido para aumentar la manía depresiva.
            A los veinte salía más barato olvidar, porque aún existían las noches y las noches eran refugios. Emborracharse, hablar de libertad, son piezas del puzle que encajan mejor a los veinte años. Los ídolos se heredaban o se reciclaban. Con todo, yo tenía que fingir mi propia suerte, aún seguro de gustar. Me acostaba y el cómputo de la ansiedad era demasiado obvio. Dormía mal.
Austeridad: Bebo para olvidar, pero porque no me aguanto a mí mismo. Nunca me he soportado. Por más que salga día sí y día también, por más que me emborrache con vinos peores o mejores, o discuta de política acaloradamente (como si supiera de qué hablo), por más que me empeñe en ignorar mi agonía, la vida me da tanto asco que no me deja ni dormir bien.
Agnosticismo: No te sabría decir por qué bebo exactamente, aunque es una cuestión sumamente interesante. A lo mejor es para aliviar un poco la angustia existencial que produce el paso del tiempo, la paulatina extinción vital, pero ¿acaso existe el tiempo como tal? ¿Es una noción antropológica, o una magnitud física mensurable?
            Quizás la percepción de la propia identidad, de libre albedrío al fin y al cabo, sea una ilusión de la experiencia, de recuerdos acumulados en los circuitos nerviosos durante, digamos, veinte años. Quizás sólo seamos objetos dinámicos, sujetos a los principios clásicos de acción y reacción, cuyo estado varía a causa del alcohol u otras circunstancias. O puede que haya un principio rector, un determinismo ético, o empático, o aunque sea físico, y si estoy triste o alegre sea por una causa trascendente. No sé, no sé. La duda no me deja dormir.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sin título

Elisa apoyó la taza de achicoria sobre la antigua balaustrada de granito que había en el balcón, y se asomó al jardín. El aire mecía las ramas del olivo, sus nudos quedaban a veces descubiertos, apenas visibles en la luz tenue. Del césped se veían también algunas manchas, pequeños archipiélagos secos en el suelo de arcilla, pero Elisa sólo se había demorado en ellos un momento. Miraba el horizonte, mientras deslizaba las manos por la piedra cubierta de salitre, por las melladuras lentamente, el tacto áspero y reconfortante, cada grieta en su sitio del círculo que dibujaba con los dedos.
Se volvió hacia la habitación, la brisa le agito el cabello gris. De forma inconsciente se buscó en el espejo, vio sus ojos, velados por un brillo ausente. En el tocador de cedro que se hallaba debajo, había un diario manuscrito, forrado con papel adornado con dibujos de flores. El encuadernado se había deshecho al abrirlo, y Elisa lo había dejado sobre el pequeño montículo de facturas pendientes sin poder llegar a leer más de una página.
Su mirada recorrió el rastro de ropa usada  de la puerta a la cama, donde Daniel ronroneaba, entre las sábanas revueltas. Lo miró remisamente, su pelo abundante, la espalda ancha, la línea de los hombros dulcificada por la incipiente debilidad de los músculos. No le veía el rostro, pero le era fácil formarse en la cabeza su imagen, el tabique nasal recto, los labios gruesos, siempre secos, la profunda cicatriz en la barbilla del día en que la estacha se partió y el latigazo alcanzó a Daniel en el rostro. Se estremeció. Quiso arroparse con su camisón, pero la tela se deslizó de nuevo hombros abajo, recordándole que tenía roto el tirante. Echó un vistazo al reloj-despertador y con pasos delicados, se acercó a la cama para meterse entre las sábanas. Rodeó la cintura de Daniel con el brazo izquierdo, metió la mano por debajo del elástico de los calzoncillos y le agarró tiernamente el sexo. Estaba duro.
—A buenas horas —le dijo al oído, mientras Daniel se desperezaba.
—Déjame en paz, Eli —barboteó Daniel, riéndose con voz ronca—. Hostia puta, para un día que nos ponemos... ¿Has dormido bien?
—No he dormido nada.
            Y con cuidado de no hacerle daño en la espalda, empujó a Daniel fuera de la cama, que se quejó tontamente antes de dirigirse al aseo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

La sociedad de los finales absurdos

SOCIEDAD DE LOS FINALES ABSURDOS
Memorando Interno – Parte Primera y única
17 de noviembre del 2021
Para: el Sr. Presidente
De: Todo el personal
Asunto: Informe de suscripciones recientes y de las actividades de antiguos miembros en atención a las condiciones de membresía.

Estimado Sr. Presidente:
Como ya sabe, después de que usted fundara esta sociedad hace ya más de 3.500 años, muchos hemos querido unirnos al colectivo y seguir el ejemplo de su afortunado siniestro con el disco de Apolo. Tan significativo azar en los acontecimientos, tan acertada gracia en su fatal desenlace han sido el báculo inspirador de los que llegaron como miserables y hoy, en fin, son miserables dignos de su fosa. Fueron adultos del día a día, pero sobre todo niños de la Historia.  
En calidad de secretario, y con toda la eficiencia que me ha sido posible tras horas de abrillantarle a usted los pies en el Louvre —de nuevo he tenido problemas con la seguridad del museo, que han intentado expulsarme y han llegado a usar la fuerza— le desgloso a continuación los detalles y circunstancias de las últimas incorporaciones:
I. Primeramente transcribo el relato de Ignacio Correas Lerdo, también conocido como Nachín. Sorprendido a edad temprana por la tibia noticia de la condición procreativa humana, la adolescencia de Nachín adoleció, en efecto, de todo contacto sexual e incluso afectivo. Tratando de encajar, entrenó una expresión facial de cejas enarcadas que pretendía ser naif y sugestiva, pero que en realidad, como muy bien comentó su compañero Carlos Romeo en una foto subida a Facebook de tiempos de la secundaria, “parecía más un mochuelo cuando le pones las largas”. Con este rictus abordó desde alumnas del Instituto Carmen Iturbide en la edad del pavo hasta  incombustibles universitarias defensoras de la arroba y el epiceno. Por una u otra razón, el éxito de Nachín fue escaso entre las mujeres y las ocasiones en que, ya bien entrado en la veintena, tuvo la oportunidad de acostarse con alguien, el resultado fue decepcionante.
            Existen especies animales en las que los machos hacen ostentación de llamativos y voluminosos apéndices corporales para llamar la atención de las hembras. Es el caso del faldón iridiscente de algunas aves del paraíso, o de la descomunal pinza derecha del cangrejo violinista, que representa casi la mitad de la masa corporal total, en un fenómeno de la asimetría. Estos atributos son a menudo costosos de mantener y suponen exponerse con total claridad a posibles predadores. Sin embargo, las hembras se dan a la lógica irrazonada de que un macho capaz de exhibir semejantes dones y sobrevivir, debe tener forzosamente genes de calidad que transmitir a su prole. A esto se le llama teoría del handycap. A los 32 años, Ignacio comenzó a perforarse el cuerpo.
            En una primera sesión se realizó tres perforaciones en la oreja izquierda, que adornó con brillantes en cuanto hubo superado el tiempo mínimo de riesgo de infección. Poco más de un año después consintió con que le practicaran un orificio sobre el puente de la nariz, y uno junto a cada comisura inferior del labio. En esta ocasión además, se tatuó un tótem maya sobre el hombro derecho. Ignacio empezó a llamar la atención en determinados círculos, amplios al principio. Por primera vez escuchó palabras como “morboso” o “interesante” aplicados a su persona. Su sensibilidad a los halagos lo llevó a sentarse repetidas veces en el sillón del body artist. Implantes en la frente, escarificaciones alrededor de los pómulos, dilataciones en los lóbulos y labios, tatuajes integrales. Con cada paso en su transformación, el círculo de admiradores se hacía más marginal, pero más intensas eran las alabanzas. Una tarde de miércoles, mientras meditaba suspendido por los piercings de su espalda, tuvo una epifanía: debía llevar su conversión al extremo para reducir el círculo a una única persona, que sería, sin margen de error, su compañera perfecta. Durante semanas planificó la transfiguración definitiva, ardua tarea teniendo en cuenta el escaso espacio de su cuerpo sin modificar. Finalmente, dio forma en su cabeza al que debía ser la fase final de su metamorfosis. No citaremos los detalles.
            Sin embargo, hubo complicaciones. Durante el tratamiento, que se estaba realizando, conforme a la norma, sin anestesia, comenzó a sangrar excesivamente. La hemorragia fue detenida al restañarse la herida con un remache de acero quirúrgico, pero un coágulo se desprendió en inició su viaje por la vena ilíaca externa. Salvó importantes recodos y válvulas, pero terminó por alcanzar un tamaño crítico a la altura de la arteria óptica, donde obstruyó el riego sanguíneo al ojo derecho. Al sentir que perdía la visión, Ignacio se puso nervioso y convulsionó. Ignacio había realizado actividades físicas exigentes con todas sus perforaciones a cuestas, desde el sexo con sus seguidoras hasta dudosos deportes extremos. Pero fue en esta ocasión cuando se le desprendió la estrella de metal que atravesaba su lengua. En la convulsión, la figurita fue a alojarse en uno de los bronquios, donde las puntas se clavaron en el tejido conjuntivo. La expectoración fue imposible. Nachín murió asfixiado.
            El cuerpo fue momificado y está expuesto en el escaparate de su tatoo studio favorito, así que esta vez, gracias al cielo, no tuve que ocuparme de nada.
 II. El siguiente socio novel es Piero Domino Mauregui, un alegre muchacho de Mesina de mandíbula ancha y frente despejada que murió por ingestión excesiva de citrato de sildenafilo. Dos turistas neoyorkinas de NoLita en el fabuloso trance de reencontrar sus raíces y hartas de vino tinto, lo retaron a mantener relaciones sexuales con ellas durante 12 horas, a lo que Piero accedió con despreocupado entusiasmo. La cita era al día siguiente en la Piazza Cairoli. A pesar del carácter resuelto de Piero, las horas previas en su apartamento le trajeron la duda y la vacilación. «A solas estamos, luego temamos más». Su solución, en realidad, poco original: pastillas contra la disfunción.
Las americanas llegaron con retraso, pero no vieron a Piero. Esperaron sentadas en un banco de hierro labrado de la plaza, a la sombra de la escultura de alabastro, charlando nerviosamente. Sin embargo Piero nunca fue en su encuentro, y terminaron abandonando el lugar entre triunfantes y despechadas. En este caso, con el procedente epitafio grabado en una placa fue suficiente, que redacté cumpliendo con mis obligaciones como escriba de la sociedad. Espero mis palabras fueran del agrado de todos, y si no, pues nada.
III. El tercero de los nuevos miembros se llama Bruno Sancho Tovani, que en un sano impulso fraternal, juró celebrar cada uno de los goles que su equipo marcara en la final de la “Copa de Barrios con Jardín” hasta acabar con laringitis. Lo que, se ha de suponer, él imaginaba sería una lucha y triunfo pancracios se convirtió rápidamente en una agonía reiterativa, en la que el equipo contrario batía al portero una y otra vez. Finalmente, a mitad del segundo tiempo, el delantero de su equipo, en una espléndida jugada individual, rebasó a dos defensas con dos filigranas y colocó el esférico en la escuadra izquierda poniendo el marcador en seis a uno. Bruno movilizó todo el entusiasmo contenido hasta el momento para emplearlo en un grito que jaleara y devolviera aliento a los jugadores, tal vez la famosa sinécdoque de “¡Olé, tus huevos!”, quién sabe. Las prisas y la emoción del momento le impidieron coordinar correctamente las acciones de inspirar, abrir la boca y espirar articulando los sonidos, intentándolo todo al mismo tiempo. Como resultado, se tragó la lengua, lo que al parecer es médicamente posible. Lo histriónicos gestos de socorro no llamaron la atención en medio de la alegría generalizada que se había adueñado de las gradas, y allí mismo murió asfixiado, sin llegar a decir nada importante.
Acorde a mis funciones como responsable de logística, me desplacé al lugar de los hechos para encargarme de los oficios del difunto, donde pude reunir la información que transcribo. Lamento no haber recabado más detalles, pero la higuera del porche pedía a gritos una poda en profundidad, y no he tenido tiempo para más.
IV. En último lugar, y como viene siendo habitual, paso a referir mi propia historia: este mes tampoco lo he conseguido. No sé qué me ha ocurrido. Yo mismo ingenié la estructura mecánica, fue mi mano la que comprobó cada soldadura. Pero no fui capaz de apretar el botón de encendido. La muerte mediante maquinaria pesada ha sido tan infructuosa como los intentos anteriores. Imagino que después del fracaso de la muerte por autotrasplante de hígado, o de aquella otra de emulación de penas capitales populares, se me puede acusar de displicente. Diré en mi defensa que todos los casos supliqué a los médicos que dictaminaran el exitus letalis, pero nadie dio curso a mi petición.
En todo caso, aprovecho la ocasión para comunicarle que empiezo a estar harto de las miradas por encima del hombro que he de soportar a diario. Por más que sea el único miembro que no ha cumplido con la exigencia estatutaria de morirme, debo decir que si no fuera por mí, la sociedad estaría sumida en el caos y se iría a pique en pocas semanas. Yo actualizo los archivos, mantengo las cuentas al día, contrato los servicios de pompas fúnebres necesarios. Soy el tesorero, el representante legal, el que organiza las visitas y cambia las flores de los jarrones. Yo me levanto cada mañana a las siete para mantener este club funcionando, y me acuesto cada día de madrugada.
Todos están muy orgullosos de sus óbitos absurdos, pero no deberían creerse en exceso especiales. Ni merecen mérito, ni sus voluntades participaron en la casualidad o el determinismo que les trajo aquí. Soy el único que motu proprio ha decidido ingresar en esta comunidad ¡Incluso usted Sr. Presidente, tal vez no debiera pertenecer al círculo! ¡Se dice que no fue Apolo quién lo mató en un acto banal, sino que Céfiro desvió el disco, que fue todo intencionado y debido a algún pueril ataque de celos!

lunes, 22 de abril de 2013

Antología de la levedad VI. Repeticiones.

Bruno Sancho Tovani acostumbraba a repetir en un tono casi inaudible toda locución que se desprendiese de sus labios. La única manera de consolar su espíritu inquieto era pasar a limpio su existencia en su fuero interno, frase por frase. Por muy embarazosas que le resultaran las miradas de los que se percataban.
Pero un día no pudo más, y tras una agotadora conversación sobre el eterno retorno con su psicoanalista, prometió no repetirse jamás una palabra.
—Maldito desgraciado —resonó al punto en su cabeza— ¿Y si hace igual aquel que te susurra a ti lo que decir?

Antología de la levedad III. El brazo.

Cuando se supo del accidente del habilidoso amanuense, todos se consolaron con la relativa fortuna de que el brazo a amputar fuera el izquierdo. Menos alentador fue que tras la operación, las constantes del paciente se debilitaran hasta desaparecer, mientras que de forma inaudita el brazo cortado se desentumeciera y cobrara vida. Un enfermero, con un extraño gesto circunflejo en el rostro, transportó el brazo ante la prensa. Formulada la pregunta de cómo había podido aquello ocurrir, el brazo tomó la palabra.
-Es evidente que han cometido un error -dijo elocuentemente-. En la operación, cortaron ustedes el brazo equivocado.

domingo, 17 de febrero de 2013

Sin título

                Cuanto más te sumes en la depresión, menos importa que el pasado reciente sea exiguo, menos reveladora resulta la certeza de que lo has dedicado a un objetivo erróneo. Una cierta claridad propia de semejante estado y las anfetaminas que había esnifado es lo que me incitó, en su momento, a escribir este extraño desglose de soluciones y argumentaciones:
                El problema del amor en el organismo humano es que no podemos evitar legitimarlo -¿tenemos opción?- cuando en realidad, todos sus impulsos son contrarios al respeto. Ansiamos tanto poseer como no ser coartado, tanto el compromiso como la inequidad. Muchos vividores, angustiados en el fondo, han abrazado la política de la permisividad, que compensan con victimismos manifiestos en otros aspectos. Si se es creativo en la medida suficiente, esta combinación resulta arrebatadora, en cuanto a que a las carencias de tal tipo de compañero otorgan poder sobre el necesitado, además de resultar fascinantes en su complejidad.
                Pero la desgracia, a estas alturas, resulta convencional. Y el cinismo, y la inteligencia. La inteligencia es el objeto más banal que adorarse pueda. Y también su derivados, el primero de todos la soledad, que a día de hoy puede refundirse en el parámetro técnico de la disfuncionalidad. No es un problema sistémico del corazón, la culpa es de los poetas, que nunca invierten en autogestión.
                Así pues, la actividad y la inactividad, la búsqueda y la desarmonía que determinadas culturas achacan al ego, no son sino una consecuencia obscena de la función que estamos llamados a cumplir, anulando cualquier tipo de volición. Y la función es la clave, la llave maestra de nuestro destrozo, la que se encarna en los fantasmas locos que nos tienden la trampa de la trascendencia. La conspicua alternativa de la relativización, no obstante, también excluye cualquier indicio de voluntad.
          El último ámbito de posible existencia, el único que comprende imaginario, voluntad y verdad para las personas, es la bondad. Pero esta posibilidad convive con demasiadas abstracciones, y las ventajas del éxito y la notoriedad son de un grano más lógico. Como todo lo demás, la bondad se encuentra más allá de la naturaleza del lenguaje.           

martes, 12 de febrero de 2013

Recuerdos marginales

                Se los podría llamar recuerdos marginales. Los que se encuentran en algún tipo de límite de la memoria, las próximas imágenes y significados que dejarán de ocupar nuestro espacio recuperable, un método de eliminación frágil e incognoscible que no sobrevive a la precisión de la atención consciente, absoluta y rigurosa.
                Las dimensiones fantásticas a las que se enfrenta la información que estamos a punto de olvidar no son, en realidad y en modo alguno, de nuestra incumbencia. De la misma forma que la Cosmología es ajena, de forma inútil e idiota, tanto a la cosmogénesis como a la escatología.  De cada una de las cosas precipitadas por este abismo inverso, no puedo lamentarme. De ellas no queda siquiera su ausencia.