jueves, 27 de septiembre de 2012

Instantánea

               A esa noche que vivo una y otra vez, jamás le he podido encontrar mayor evidencia que la de la necesidad, con su límite desierto, su sola tristeza y su refugio embustero. Nunca vi, hasta que no vinieron a contármelo tus líneas y su distancia, la ternura con que la noche cubre de piel su hierro, el invulnerable mármol líquido del que provee a  tus instantes, sus huracanes indefensos, sobre los que tu calma se cierne.
             Nunca me fue dado el presenciar semejante acuerdo con el cansancio y la suerte, gravemente sostenido por el suelo tibio, ni un gesto tan abandonado, ni tuve en mi oído la pulcra sordera del viento y —quizás, sólo puedo imaginar— del mar caliente.
                Hasta esta noche, tu cuerpo es el primero en el que puedo leer cómo renuncias al contrapunto indecente de todo lo sucesivo, al artificio del pensamiento y la inteligencia, a cualquier necesidad de verdad.
                Y también a este texto destemplado, que no acierta a contemplar o a rehusar; a escribir o a describir; a desear o a necesitar; a glosar o sencillamente a amar.

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