martes, 18 de septiembre de 2012

Antología de la levedad I. El embajador de la insignificancia.

                Salió del coche, y por supuesto había una ciudad y era de noche. La calle era ancha, y el asfalto brillante tomaba una suave curva que a lo lejos hacía desaparecer la hilera de farolas, ya difusas a esa distancia. Las aceras de cemento y borde adoquinado dejaban amplio espacio a los peatones, escasos a esa hora, pero que por la mañana corretearían por las cafeterías, locales de ventas y edificios de oficinas que flanqueaban la carretera de sentido único. En el extremo sureste se abría una plaza jardín delimitada por cuatro magnolios, uno en cada esquina. El hombre paseó la mirada: dos semáforos regulaban el ausente tráfico, uno simple al principio de la calle, unos metros más allá de la plaza, y otro a la mitad, destinado a un cruce relativamente conflictivo en hora punta. Por encima de las cenefas a medio cuerpo de falso mármol gris, rasgaduras de papel, pintadas y ventanas terminaban de componer el mural urbano de la semicéntrica calle.
                Lo mismo que las demás, aquella ciudad era un monumento al propósito, una trama extensiva de oportunidades que aspiraba a satisfacer por completo el espíritu de los hombres. Tenía el corazón blanco y las venas de las calles viejas, llevando de ningún sitio a ningún sitio sangre negra y macilenta. No obstante, aquel era el escenario del crimen, construido a fuerza de habitarlo una y otra vez hasta hacerlo apto, una referencia estática donde vivir la alucinación, el vértigo hipnótico de permanecer frente a lo pasajero. Sólo la muerte sabe que no hay momento irrecuperable, y allí se encontraba en medio de la calle. Aunque no exactamente en medio, sino más bien diseminada por ella, depositada sobre sus líneas y objetos.
                El investigador caminó quedamente, comprobando lo flagrante y brutal del delito. De algún modo parcial pero sensible, la obscenidad del suceso cuadraba con el entorno, se integraba con el resto de las figuras de la calle y aún con la inextricable red de calles subsecuentes, donde toda transición resultaba cadenciosa y amónica. Ni siquiera el desorden, la inexactitud antropoperceptiva revelaba en medida suficiente lo ocurrido. En aquella monotonía de luces coloreadas pero poco llamativas, en la continuidad líquida que imperaba se hundían fácilmente los pensamientos, los discursos de grandes, vanas palabras como suerte, soledad, silencio. Una cualidad  benigna, se dio a cavilar el sabueso, porque con ellas se ahogaban los cobardes, los necios de los que se nutren otros necios, los enemigos de lo ajeno. Pero en el cristal y el hormigón se percibía también que las fantasías humanas, cuando se intentan llevar a cabo, suelen volverse grotescas.
              El hombre observó a un grupo de jóvenes borrachos cruzar la acera sin percatarse de lo que allí había sucedido. De ello nacen estos animales, se dijo, risueños, olvidados, dislocados, ficticios -¿no somos así todos?- que se movían por la ciudad en manadas pequeñas. Ser uno de ellos, estar perdido quizás sea necesario, pensaba el detective, para pasar por alto tanta evidencia.
                Detuvo sus reflexiones con leve desánimo. Repasó los claros indicios de aquel absurdo, examinó con oficio las superficies y los resquicios, los cúmulos de hollín y tizne que revestían el escenario, con mayor o menor profusión. Detectó el familiar polvo, el eterno acusador, desvelando como siempre la inconsecuencia, la profundidad nítida del sinsentido que implican las ciudades y sus habitantes cuando los cubre la suciedad. El crimen, se dijo el detective echando a andar hacia el coche, era el habitual.

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