jueves, 20 de septiembre de 2012

Antología de la levedad II. Las aguas.

           Al fenómeno místico de la vida, mal urdido con el de la existencia, se le presupone alguna cualidad no ya intencional -lo que al simple observador se le revela absurdo-, sino de carácter activo. Es fácil pensar que existe una fuerza dirigida y constante que guía con mano más o menos caprichosa las líneas de los seres animados hasta sus más insospechadas y dispares consecuencias, en un inaudito afán de persistencia. Pero ni siquiera esto es cierto.
        La vida se asemeja más a un fluido continuo, un río que se despeña por una abrupta e irregular pendiente. El agua circula entre las gravas, se estrella contra las aristas rocosas, se desliza sobre los meandros a medida que pasa el tiempo. A su paso el riachuelo adopta infinidad de formas, múltiples vías y soluciones para el necesario tránsito, que aparecen y se desvanecen en una singularidad fugaz. A la instantánea de esta suerte de inercia vital, de este proceso pasivo, aleatorio y hermoso se la conoce como biodiversidad.
            Nuestro deslumbrante relámpago por la vida es desastrosamente breve para percibirlo. Entretenidos con el alimento, el amor y el sufrimiento podemos intuir, pero no vivir para el hecho de que somos un jirón de agua, una mota de espuma. No hace falta mirar a las estrellas para resolver nuestra poquedad. La levedad es el ovillo mismo con el que se ha tejido nuestra piel. 

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