miércoles, 16 de mayo de 2012

Sin título

                La sensación de plenitud apenas duró un momento. No se atenúo de modo amable, preparando su cuerpo de modo que pudiera asentarse en su recuerdo y pasar a formar parte de la experiencia y por tanto, de su universo tangible y recuperable. Cesó de golpe con un retortijón violento, cuando el alcohol alcanzó alguna zona más sensible del estómago, una porción de tejido expuesto que reaccionó al ácido.
                La música, la lectura, el agradable sabor picante del licor que hacía un momento asemejaban el bienestar, un asiento junto a los dioses, se desvaneció. En su lugar afloró la desgracia, de esa forma que en los infelices irrumpe transportándolos en el acto de un extremo a otro del espectro sensitivo, definición  ésta exacta de la miseria.
                Es recurrente en el imaginario de los hombres que los dioses envidian nuestra capacidad de morir, lo que no deja de ser una forma intelectualizada de honor, una forma de honrar la gesta que supone la batalla perdida de antemano de la belleza y la intensidad contra la decrepitud. Igual de surrealista que el honor, piensa ella, resulta la forma en que se magnifica la levedad, esa contracción y relajación de los miembros, como testigo inexcusable de la significación de los mortales. Es mentira. El mejor orgasmo es el orgasmo largo, infinito, si fuera posible. Ella sabe que si la desesperación es lo que espera en los confines de la vida eterna, el hombre elegirá la desesperación antes que la desaparición, como hace día a día. No, los dioses no nos envidian.
                Afrodita no buscaba la mortalidad en la cama de Anquises, en su polla, en su pecho, en su ano. Afrodita fue al encuentro de la línea tangente a la vida del hombre en que somos inmortales. Los dioses, que en nosotros experimentan con la muerte, lo saben: el sexo es la derivada inmortal de la función mortal humana. Ese es el obsequio de nuestros creadores.
                Por eso ella busca un amante demoníaco que la lleve al otro mundo, cultiva la desaparición, lugar común de los que aspiran a la inmortalidad. La reproducción, en cuanto a perpetuación, es ajena a esta experiencia. Ella prefiere pudrirse en su cuarto, borracha, picada, consumida, ajena al grotesco rito de la gestación que reniega de la creadora en el preciso instante en que se lleva a cabo. Acatar estas reglas equivale sin el menor grado de error a asumir la traición brutal de la biología. En su antagonismo, en la búsqueda voluntaria de la perdición, con su estrago profundo, su sexo enfermo, su ensayo de muerte y su indigno ser, deben de habitar los dioses.
                Vuelve el cuerpo hacia el lado de la cama, convulsiona, vomita. Permanece en esa postura hasta que los temblores se calman.