domingo, 14 de octubre de 2012

Antología de la levedad VII. Las aguas muertas.

Cuando el grafiti superó la cresta de su propia ola y se escindió de la postmodernidad para convertirse en la excontemporaneidad, dos axiomas informaron la nueva corriente. Primero, se sustituiría la creatividad  por la prospección, de modo que la obra inédita fuese obtenida únicamente mediante la recuperación contextual de la misma. Y segundo, el movimiento no podría trascender a otras artes, por la facilidad de falsificación automática que ello implicaría.
A día de hoy, el mayor exponente de la excontemporaneidad es una pintada negra arial bold, pergeñada en el flanco de unos almacenes del Soho londinense rescatados de la gentrificación. El grafiti, anterior a la construcción del edificio, reza: “Aquí meó Oscar Wilde”.

Antología de la levedad VI. Repeticiones.

(Presentado a concurso. Próxima publicación).

Antología de la levedad V. El humano.

Aunque el humano hablaba en sueños, ninguno podíamos entenderlo.

Antología de la levedad IV. Las líneas de los otros.

—Eh ¿eh, eh? Eh, eh, eh.
—Eh ¿eh eh?
—Eh, eh eh, eh eh eh, eh.
—¡Ah!
—Eh.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Instantánea

               A esa noche que vivo una y otra vez, jamás le he podido encontrar mayor evidencia que la de la necesidad, con su límite desierto, su sola tristeza y su refugio embustero. Nunca vi, hasta que no vinieron a contármelo tus líneas y su distancia, la ternura con que la noche cubre de piel su hierro, el invulnerable mármol líquido del que provee a  tus instantes, sus huracanes indefensos, sobre los que tu calma se cierne.
             Nunca me fue dado el presenciar semejante acuerdo con el cansancio y la suerte, gravemente sostenido por el suelo tibio, ni un gesto tan abandonado, ni tuve en mi oído la pulcra sordera del viento y —quizás, sólo puedo imaginar— del mar caliente.
                Hasta esta noche, tu cuerpo es el primero en el que puedo leer cómo renuncias al contrapunto indecente de todo lo sucesivo, al artificio del pensamiento y la inteligencia, a cualquier necesidad de verdad.
                Y también a este texto destemplado, que no acierta a contemplar o a rehusar; a escribir o a describir; a desear o a necesitar; a glosar o sencillamente a amar.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Antología de la levedad III. El brazo.

(Presentado a concurso. Próxima publicación).

jueves, 20 de septiembre de 2012

Antología de la levedad II. Las aguas.

           Al fenómeno místico de la vida, mal urdido con el de la existencia, se le presupone alguna cualidad no ya intencional -lo que al simple observador se le revela absurdo-, sino de carácter activo. Es fácil pensar que existe una fuerza dirigida y constante que guía con mano más o menos caprichosa las líneas de los seres animados hasta sus más insospechadas y dispares consecuencias, en un inaudito afán de persistencia. Pero ni siquiera esto es cierto.
        La vida se asemeja más a un fluido continuo, un río que se despeña por una abrupta e irregular pendiente. El agua circula entre las gravas, se estrella contra las aristas rocosas, se desliza sobre los meandros a medida que pasa el tiempo. A su paso el riachuelo adopta infinidad de formas, múltiples vías y soluciones para el necesario tránsito, que aparecen y se desvanecen en una singularidad fugaz. A la instantánea de esta suerte de inercia vital, de este proceso pasivo, aleatorio y hermoso se la conoce como biodiversidad.
            Nuestro deslumbrante relámpago por la vida es desastrosamente breve para percibirlo. Entretenidos con el alimento, el amor y el sufrimiento podemos intuir, pero no vivir para el hecho de que somos un jirón de agua, una mota de espuma. No hace falta mirar a las estrellas para resolver nuestra poquedad. La levedad es el ovillo mismo con el que se ha tejido nuestra piel. 

martes, 18 de septiembre de 2012

Antología de la levedad I. El embajador de la insignificancia.

                Salió del coche, y por supuesto había una ciudad y era de noche. La calle era ancha, y el asfalto brillante tomaba una suave curva que a lo lejos hacía desaparecer la hilera de farolas, ya difusas a esa distancia. Las aceras de cemento y borde adoquinado dejaban amplio espacio a los peatones, escasos a esa hora, pero que por la mañana corretearían por las cafeterías, locales de ventas y edificios de oficinas que flanqueaban la carretera de sentido único. En el extremo sureste se abría una plaza jardín delimitada por cuatro magnolios, uno en cada esquina. El hombre paseó la mirada: dos semáforos regulaban el ausente tráfico, uno simple al principio de la calle, unos metros más allá de la plaza, y otro a la mitad, destinado a un cruce relativamente conflictivo en hora punta. Por encima de las cenefas a medio cuerpo de falso mármol gris, rasgaduras de papel, pintadas y ventanas terminaban de componer el mural urbano de la semicéntrica calle.
                Lo mismo que las demás, aquella ciudad era un monumento al propósito, una trama extensiva de oportunidades que aspiraba a satisfacer por completo el espíritu de los hombres. Tenía el corazón blanco y las venas de las calles viejas, llevando de ningún sitio a ningún sitio sangre negra y macilenta. No obstante, aquel era el escenario del crimen, construido a fuerza de habitarlo una y otra vez hasta hacerlo apto, una referencia estática donde vivir la alucinación, el vértigo hipnótico de permanecer frente a lo pasajero. Sólo la muerte sabe que no hay momento irrecuperable, y allí se encontraba en medio de la calle. Aunque no exactamente en medio, sino más bien diseminada por ella, depositada sobre sus líneas y objetos.
                El investigador caminó quedamente, comprobando lo flagrante y brutal del delito. De algún modo parcial pero sensible, la obscenidad del suceso cuadraba con el entorno, se integraba con el resto de las figuras de la calle y aún con la inextricable red de calles subsecuentes, donde toda transición resultaba cadenciosa y amónica. Ni siquiera el desorden, la inexactitud antropoperceptiva revelaba en medida suficiente lo ocurrido. En aquella monotonía de luces coloreadas pero poco llamativas, en la continuidad líquida que imperaba se hundían fácilmente los pensamientos, los discursos de grandes, vanas palabras como suerte, soledad, silencio. Una cualidad  benigna, se dio a cavilar el sabueso, porque con ellas se ahogaban los cobardes, los necios de los que se nutren otros necios, los enemigos de lo ajeno. Pero en el cristal y el hormigón se percibía también que las fantasías humanas, cuando se intentan llevar a cabo, suelen volverse grotescas.
              El hombre observó a un grupo de jóvenes borrachos cruzar la acera sin percatarse de lo que allí había sucedido. De ello nacen estos animales, se dijo, risueños, olvidados, dislocados, ficticios -¿no somos así todos?- que se movían por la ciudad en manadas pequeñas. Ser uno de ellos, estar perdido quizás sea necesario, pensaba el detective, para pasar por alto tanta evidencia.
                Detuvo sus reflexiones con leve desánimo. Repasó los claros indicios de aquel absurdo, examinó con oficio las superficies y los resquicios, los cúmulos de hollín y tizne que revestían el escenario, con mayor o menor profusión. Detectó el familiar polvo, el eterno acusador, desvelando como siempre la inconsecuencia, la profundidad nítida del sinsentido que implican las ciudades y sus habitantes cuando los cubre la suciedad. El crimen, se dijo el detective echando a andar hacia el coche, era el habitual.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Sin título

                La sensación de plenitud apenas duró un momento. No se atenúo de modo amable, preparando su cuerpo de modo que pudiera asentarse en su recuerdo y pasar a formar parte de la experiencia y por tanto, de su universo tangible y recuperable. Cesó de golpe con un retortijón violento, cuando el alcohol alcanzó alguna zona más sensible del estómago, una porción de tejido expuesto que reaccionó al ácido.
                La música, la lectura, el agradable sabor picante del licor que hacía un momento asemejaban el bienestar, un asiento junto a los dioses, se desvaneció. En su lugar afloró la desgracia, de esa forma que en los infelices irrumpe transportándolos en el acto de un extremo a otro del espectro sensitivo, definición  ésta exacta de la miseria.
                Es recurrente en el imaginario de los hombres que los dioses envidian nuestra capacidad de morir, lo que no deja de ser una forma intelectualizada de honor, una forma de honrar la gesta que supone la batalla perdida de antemano de la belleza y la intensidad contra la decrepitud. Igual de surrealista que el honor, piensa ella, resulta la forma en que se magnifica la levedad, esa contracción y relajación de los miembros, como testigo inexcusable de la significación de los mortales. Es mentira. El mejor orgasmo es el orgasmo largo, infinito, si fuera posible. Ella sabe que si la desesperación es lo que espera en los confines de la vida eterna, el hombre elegirá la desesperación antes que la desaparición, como hace día a día. No, los dioses no nos envidian.
                Afrodita no buscaba la mortalidad en la cama de Anquises, en su polla, en su pecho, en su ano. Afrodita fue al encuentro de la línea tangente a la vida del hombre en que somos inmortales. Los dioses, que en nosotros experimentan con la muerte, lo saben: el sexo es la derivada inmortal de la función mortal humana. Ese es el obsequio de nuestros creadores.
                Por eso ella busca un amante demoníaco que la lleve al otro mundo, cultiva la desaparición, lugar común de los que aspiran a la inmortalidad. La reproducción, en cuanto a perpetuación, es ajena a esta experiencia. Ella prefiere pudrirse en su cuarto, borracha, picada, consumida, ajena al grotesco rito de la gestación que reniega de la creadora en el preciso instante en que se lleva a cabo. Acatar estas reglas equivale sin el menor grado de error a asumir la traición brutal de la biología. En su antagonismo, en la búsqueda voluntaria de la perdición, con su estrago profundo, su sexo enfermo, su ensayo de muerte y su indigno ser, deben de habitar los dioses.
                Vuelve el cuerpo hacia el lado de la cama, convulsiona, vomita. Permanece en esa postura hasta que los temblores se calman.

miércoles, 18 de abril de 2012

Vivir

Vivir es suplicar por la vida sin cansancio,
es el sueño fresco, lo fresco de la ausencia.
Es el escenario para amar,
amar que es hierro y quemaduras;
es hartarse de miel de culo y coño,
labrar su sabor en el cielo oculto
de la boca. Vivir es desaparecer
buscando la realidad en lo que está vivo,
es revivir la memoria de los muertos
mediante el grotesco rito de la sangre.
Vivir, más que lo eterno de un suspiro,
es la muerte que vacila un instante.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Ya habla la piedra

Una vez agotadas
las palabras de cemento
como muerte, silencio, estrella,
vente a ver qué queda,
que de no quedar nada
sólo mueren los ineptos.

Ven a ver lo que las piedras
llaman piedra, compañera
dime lo que el agua oye del río
y de la acequia, tan distinto
al malgastado aliento
con el que el hombre abre camino.

Entiende que no juega el polvo
al destino, que esa es una distancia
hecha de cosas sin sentido. No,
no callo para hacerte hablar,
que ya habla la piedra, el agua, el río.
Callo para que sepas que estoy vivo.