lunes, 28 de noviembre de 2011

La cara de Tracy. A Nueva York desde Oxford.

                Ésta es una ciudad muy pequeña, a la que llegan las cosas hechas menos. Los ruidos son menos ásperos, la tierra es menos negra, las habitaciones se habitan menos, menos los días de calor. Aquí siempre se descansa de lo que se está haciendo, se madruga por la tarde y se bebe alcohol en tazas de café. Uno se puede entrenar en la vida igual que juegan los cachorros. Y si un beso o una mano entre las piernas te deja con menos cuerpo que el pan mojado, basta con respirar profundo y esperar a que pase.
                Pienso en Tracy y sus puentes ante los que he de dudar, porque me quiere desde el no poder. Así quieren las ciudades, con su carne y su impostura. También nosotros las queremos, sabiendo que se puede volver y no preguntarán: a una ciudad sólo se puede llegar desde otra ciudad.
                Ya sea con el rabo entre las piernas o empalmado, todas nuestras ciudades nos esperan en nuestro pasado y porvenir, llegando por carreteras de ambición, o desesperación o cansancio. Porque debo llegar desconsolado o contento a sus hostales y a sus noches, definitivas noches, en las que perseguir lo perdido y perder lo perseguido.
                En esta ciudad pequeña, ahora que me voy, dejo las camas maduras de sangre y mis promesas ebrias en las esquinas meadas de la calle. Exagerando sólo un poco, son las únicas que hago, las que se hacen para nadie, lo que se le promete a una ciudad.