miércoles, 23 de marzo de 2011

Un mundo perfecto

Pasan cosas. A lo largo y ancho del mundo pasan cosas continua, simultáneamente. Un oficinista se queda dormido a tiempo para no sufrir un accidente con una grapadora; en su cama, un niño descubre la masturbación por lógica comparativa; un barrendero sufre una microepifanía al encontrarse un predictor sin usar en la basura; en una cafetería de la gran manzana, se quedan de pronto sin azúcar; en Japón se funde el núcleo del tercer reactor de Fukushima; un pez salta sobre la exacta mediatriz del estrecho del Bósforo.
Y en el cine o las novelas, se suceden las despedidas y los suicidios; los enamorados inexpertos se encuentran con el atajo del sexo; los buenos vuelven a la cárcel; las pisadas en los pasillos pagan las letras de la compañía.
Mientras, aquel hombre, que no tiene nada, que ya no es capaz de llorar, tan profundamente hundido, contempla. Y envidia. Está absolutamente quieto, en silencio total, en medio de un mundo de diseño perfecto que falla estrepitosamente. El cómputo vital es categórica y abrumadoramente negativo. Cómo es posible, con la de cosas que pasan.

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