sábado, 15 de enero de 2011

A las maduras

El joven optimista calcula que el futuro ha de encargarse por sí sólo de las cosas que  lo apenan, pues imaginar toda una vida de decepciones y terrores resulta de un sinsentido improbable. Por lo visto, madurar consiste en tolerar que existe vida despúes del fracaso, entre otras barbaridades útiles.

Somos, y al agua.

                Llueve en la ciudad. Las gotitas recorren apresuradas, en fila india, los cantos de las aceras, los mástiles de las señales y farolas. Remontan los cristales y lunas de los coches, ensimismadas como hormigas. Pequeñas corrientes sortean adoquines pendiente arriba, y se acumulan en el cénit de las cuestas, dando vueltas atribuladas las unas en torno a las otras. Se aúnan, y por las superficies altas se ven gotas gordas, erectas y cimbreantes, imantadas por el cielo.
                Llueve desde los árboles, y las hojas tiemblan por la caricia en el envés, que las alza al vuelo. Llueve agua desde el agua de los pequeños lagos del parque, y el restallido inverso suena a letra vocal inventada. Cruje la hierba con rumor eléctrico, mientras las gotas despuntan por los ápices.
                Desde las personas mojadas llueve también, el agua que les rodea y asciende por sus zapatos empapados, las gotas con su reptar húmedo desde el empeine hasta la ingle, por la espalda, y claro, también el rostro, desde la comisura de los labios y los ojos. Se va secando el cabello, y las cabezas no saben si mirar al cielo para dejarlas ir o al suelo para verlas venir.
                Llueve ya con fuerza desde los edificios y azoteas, y los árboles más altos. Es una tormenta irresistible, un diluvio catastrófico, las gotas impactan con las nubes violentamente y se inunda el cielo, que es una bóveda con olas y reflejos. El agua arrastra coches y rebaños hacia lo alto, los techos se desmoronan sobre las toneladas de líquido que pugnan por ascender, la tierra desecha  y arrancada de los campos ensucia las estelas que fluyen si parar, de los surcos surgen relámpagos que iluminan el caos y truenos gorjean en el vientre roto del suelo. El agua escapa a borbotones espumosos de todos los lugares, y todo se va yendo con ella, se despieza, disuelve y desaparece en su seno turbulento. Ya van quedando tan solo arcillas y piedras, enredadas por las tripas de las raíces que se han roto, los terrones ocres revientan para dar paso a los geiseres incesantes que brotan de allí y de aquí. Ya sólo se aprecia una galleta informe de arenas y rocas.
               Pero la lluvia amaina a medida que se desgasta el sustrato. La violencia se va convirtiendo en un murmullo, el estruendo en letanía. Hasta que por fin, con un suspiro imaginario, la última gota supura y consume el último grumo de tierra, que se precipita al océano agitándose mansamente bajo ella.

jueves, 6 de enero de 2011

Mis presentes a los invitados

A la línea en blanco, esta letra que no es mía.
Al extraño peso del aire que es tu ausencia,
la estupidez de dirigirte la palabra.
Al enjambre de proyectos e intenciones,
a las vigas tiernas de los sueños, el peso
muerto de mi esfuerzo.
A la razón insuficiente de querer,
dejar de no volver a beber.
A la primera del singular que interpreta
a capela los entreactos de mi vida,
ser singular a la tercera, va la vencida.
A las calles que quedan aún sin gente,
mi monumento y mis momentos.
Al azar, la culpa de todo, por supuesto.
Y al final, al final… la insalubre
certeza de la levedad, el ósculo severo
de la sonora oscuridad.