sábado, 21 de agosto de 2010

Notas de Tailandia (IV)

21/08/2010: de Chiang Mai a Koh Tao

A la provincia de Chiang Mai no se le encuentra el pulso en la capital homónima, una ciudad en la que, dejando a un lado el casco histórico, los puntos de interés parecen haber sido centrifugados en un intento de despistar al viajero, que hace agua por sus cuatro puntos cardinales.
La selva creciendo por la superficie boscosa, la antigua ruta de la seda, sentir por dónde respira el planeta y descubrir que las islas más secretas no tienen mar, que la gente ignora cómo depender de la tierra que dista más de un día de camino desde la puerta de su cabaña, suspendida sobre la humedad y el germen de los campos de arroz. Esto es lo que se puede encontrar en Chiang Mai quien se deje perder.
Y de su cuello, un expreso nocturno hasta las ingles de Tailandia, a parar a un lunar llamado Koh Tao, una isla que parece haber sido fundada por naúfragos con espíritu chill y festivo, tan pequeña que el monzón pasa de largo, hecha de bahías rotas por las luces de los bungalows y los bares construídos con cañas, que sólo salen de su concha por la noche.
Lo que ocurre en los arrecifes, sus seres imposibles y sus fantasmas no lo puedo explicar. Odio la estúpida frase de que no hay palabras, siempre las hay, pero para esto el lenguaje y yo nos hemos quedado cortos. Para quien quiera acabar, para quien ya no necesite conocer más, Koh Tao es un buen destino.

Notas de Tailandia (III)

14/08/2010: de Lopburi a Sukhotai

Lopburi son sus monos. Monos correteando entre los tres chedis, cientos de monos columpiándose en el cableado, con el genoma suficiente para robar gafas de sol a los turistas y bolsas de la compra a la gente, que en este pequeña ciudad es más fauna local que el animal.
Sukhotai probablemente tenga las ruinas más impresionantes del periodo inicial de Siam, anterior a la hegemonía de Ayuthaya. Es la cuna de la escritura thai, de trazo abierto y cuneiforme en sus finales.
Entre los templos subsisten con especial tenacidad los laboriosos chedis, macizos y rematados por una cúpula en forma de flor de loto, bajo la que se recogen del paso del tiempo y la historia las cenizas de los nueve reyes que tuvo este imperio. Una vez más, tan primitivo como humano parece ser la necesidad de trascender la inhumanidad de la muerte. Junto a los chedis están los budas, mil veces múltiple en este país, donde el budismo promulga la cosmología de la unidad y advierte sobre el engaño de la multiplicidad de las formas, o Samsara: budas de arquitectura sorprendente, de dimensiones colosales, insinuando formas femeninas o en el reposo de la otra vida, cuando alcanzó el Nirvana.

jueves, 12 de agosto de 2010

Notas de Tailandia (II)

07/08/2010: Ayuthaya

Ochenta km. son todo o nada para según qué cosas: para la lluvia y los gatos, el género humano parece ser igual de manso y predecible. Sin embargo, el hombre es menos lobo para el hombre en Ayuthaya que en Bangkok, donde el Barrio Rojo ha quedado convertido en Disneylandia para adultos (los clientes, las dependientas, a gusto de cada cual), el mekong o Mae Khong es más ron que whisky (que venga Carvalho y lo vea) y Chinatown y el centro muestran sus templos horteras del s. XVIII.
La antigua capital es otra cosa, el tiempo y la antigüedad le han devuelto a la arquitectura una cierta franqueza, pagada con pan de oro y piedras. La frontera en la que la memoria de los hombres se topa con las condiciones de la naturaleza, con su rigor y exigencia, aflora en Ayuthaya. Las ruinas del s. XIV cumplen con la sobriedad que se espera de los tesoros, y en ella se ve la decadencia, el exceso del lujo terminal y enfermo que precede a la caida por el abismo del tiempo. Un imperio derrotado siempre es bello.
Además, hay rincones donde la selva medra, insólita y urbana, como disimulando en esta isla de ribera.
Mañana al norte, por Lopburi, la ciudad de los monos, hacia Chiang Mai, Chiang Rai y los campos de opio, a conocer nuevos finales. Ya os contaré.

Notas de Tailandia (I)

03/08/2010: Bangkok

Escribir por insomnio en Bangkok a las seis de la mañana podría ser señal de que todo va demasiado bien, o no, o todo lo contrario. Puede que sólo sea el jet lag.
Hay una serie de promesas que le haces y te hace esta ciudad, que se pierden y deshacen en el calor masticable del trópico. Hay toda una gama de insatisfacciones que van muy bien para perder el tiempo. Repartir todo el encanto entre los más de veinte mil km. que nos separan de casa y que nos salga a cuenta, parece no obstante, una imposibilidad basada en hechos reales. Puede ser que Bangkok exista.
Entre la comida Thai, las putas perfectas de oriente y el mercado de flores se quedan por ahora las impresiones de estos primeros días, a la espera de los templos o wats. De momento sigo tan dispuesto a pagar la fianza de mis mitos, como a cobrar el seguro de sus muertes.

lunes, 9 de agosto de 2010

Yonqui

La droga es una ecuación celular que enseña al individuo hechos de validez general. Yo he aprendido mucho gracias al uso de la droga: he visto la vida medida por cuentagotas de solución de morfina. He experimentado la agonizante privación de la enfermedad de la droga, y el placer del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer sea alivio. Yo he aprendido el estoicismo que la droga enseña al que la usa. He visto una celda de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Ellos conocían la inutilidad de quejarse o moverse. Ellos sabían que básicamente, nadie puede ayudar a otro. No existe clave, no hay secreto que el otro tenga y que pueda comunicar.
He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol y la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. La droga es un modo de vivir.

"Yonqui", William Burroughs.