domingo, 18 de abril de 2010

La verdad de las palabras (II)

Si las manazas encalladas del jornalero que trabajan la tierra saben más de la verdad que un catedrático de ciencias, que decía mi querido y extraviado Mario, en algún lado de las no tan honradamente telúricas relaciones humanas, debe hallarse mi sitio, que siempre estoy entre dos mundos, que siempre aspiro a lo que no llego, que siempre rehúyo lo que no me supera. Mi soledad es la que me encuentro en los demás:


-Si te crees suficientemente bueno.

-Y eso qué es.

El bar se recogía sobre su piel de mesas pegajosas y suelo enredado de colillas y pisadas vacilantes. Las luces brindaban la intimidad suficiente para los que se acababan de conocer, o los que ya se conocían demasiado.

-El punto de inflexión, Marcos. Crees que no vale la pena lo que haces, crees que no aporta nada nuevo, pues continúas con lo que te prometa el alcohol, y los años que te quedan por cumplir. Que no son tantos como te crees, digan lo que digan los calendarios de tus ancestros.

-Yo no tengo ancestros. Mis padres, si quieres.

-... O aceptas la posibilidad de tu genio, creas, muestras, exhibes ¿vale la pena la pornografía de tus miserias? ¿Son más hondas, están mejor descritas? Pues para qué molestarse.


Para qué molestarse. En las barras de los bares, antes se escribían las cuentas con tiza.

1 comentario:

tecla dijo...

Me has conmovido Guillermo.
Lo que escribes es francamente bueno y lo sabes.
Me he añadido a tus seguidores pero parece ser que no tienes operativo este gadget.