domingo, 18 de abril de 2010

La verdad de las palabras (III)

Cuál es la grafía de un sollozo, del instante absurdo y entrecortado de la lágrima. No existe, porque la verdad no admite el sentido figurado. Los significados importantes no se prestan a la deformidad, al engendro que es el arte. Pueden ser crudas, nítidas como el corte de un tendón, las palabras. Pero no son putas baratas de tu ánimo, ausente lector.


Una trinchera de palabras:


Puedes guardarte la memoria.

Compañero, aquí nuestro tiempo

no se mide con palabras,

no sé en tu lado.


Nada vale nada, dulce,

tú que has sido tanto y te acabas.

Aún así, te acabas.

Como un cielo abierto.


Mi imperio dormido

de cercanía, duerme, sí.

No hay deuda, no tengo derecho

al daño.


Que norma tan necia y necesaria.

La verdad de las palabras (II)

Si las manazas encalladas del jornalero que trabajan la tierra saben más de la verdad que un catedrático de ciencias, que decía mi querido y extraviado Mario, en algún lado de las no tan honradamente telúricas relaciones humanas, debe hallarse mi sitio, que siempre estoy entre dos mundos, que siempre aspiro a lo que no llego, que siempre rehúyo lo que no me supera. Mi soledad es la que me encuentro en los demás:


-Si te crees suficientemente bueno.

-Y eso qué es.

El bar se recogía sobre su piel de mesas pegajosas y suelo enredado de colillas y pisadas vacilantes. Las luces brindaban la intimidad suficiente para los que se acababan de conocer, o los que ya se conocían demasiado.

-El punto de inflexión, Marcos. Crees que no vale la pena lo que haces, crees que no aporta nada nuevo, pues continúas con lo que te prometa el alcohol, y los años que te quedan por cumplir. Que no son tantos como te crees, digan lo que digan los calendarios de tus ancestros.

-Yo no tengo ancestros. Mis padres, si quieres.

-... O aceptas la posibilidad de tu genio, creas, muestras, exhibes ¿vale la pena la pornografía de tus miserias? ¿Son más hondas, están mejor descritas? Pues para qué molestarse.


Para qué molestarse. En las barras de los bares, antes se escribían las cuentas con tiza.

viernes, 16 de abril de 2010

La verdad de las palabras (I)


Comprender que la verdad no se encuentra en las palabras, es algo que me ha llevado tiempo. Hasta ahora, creía que la presunta complejidad del lenguaje escondía alguna forma de luz divina. Aceptar que ni la forma ni el contenido me legitiman, es una liberación que empiezo a concebir, que aún repta con dificultad por mi conciencia. No puedo cambiar el mundo con mi palabra. No puedo reescribir la realidad con ingenio. No existe el argumento absoluto.

-Como te digo, qué lástima de la madre de Mari Carmen, es que no puedo verla así, que bajón ha dado. Esa mujer, que me contaba a lo que se dedicaban los grises mientras me empujaba en el columpio, y quién fue Rosa Luxemburgo. Ya ni sabe dónde está.
-Pero se la ve bien. Quiero decir, que todavía sonríe y se la ve contenta, qué más quieres.
-… Pues no sé hija, como querer, se puede querer estar mucho mejor. Ayer después de cenar con ellas, que qué rico el pisto, esta niña, Mari Carmen, profesora de universidad y con un puesto de cuero en la plaza de Islantilla, y encima cocina mejor que nadie y parece la pija más pija de España. Bueno, pues me acosté llorando de haberla visto así ¿Tú crees que me reconoció? Dame esa cerveza… toda la noche llorando y tirándome peos, del pisto supongo. Y ahora me he metido en el agua, y será otra vez el pisto o las cervezas del Maiquel o lo que sea que me han venido los peos otra vez. Y ha sido empezar y ponerme a llorar como anoche, como los perros del Pablov estoy con el reflejo acondicionado. Oye esta cerveza está caliente, dile al Maiquel que nos la cambie antes de irse… ¡Maiquel…! ¡Maiquel! ven pacá gitanito, que guapo y que moreno estás, no te vayas para el fondo, que te ven los marigays y le terminas poniendo los cuernos a tu novio, que te conozco.
-Podría, Lola, podría, pero ¿Pa qué? Si yo lo quiero a él.
-Di que sí. Mira, que se nos ha calentado esta cerve, me la cambias por alguna del carrito más fresquita.
-Porque eres tú, Lola, pero que el hielo aquí en la playa es oro blanco, me lo traigo cargando desde las seis de la mañana.
-El oro blanco es la farlopa, mi niño, que también te podrías traer un día.
-Lola, coño, los niños…
-Perdón, perdón, Miriam, si ya sabes que es broma. Bueno Maiquel, no te olvides de pasarte cuando vengas de vuelta, que ya sabes que aquí nunca nos sobra, y que siempre te compro que eres el que las trae más frías. Qué te decía… ¡Ah! Aurora… ¿a ti viéndola te entran ganas de llegar a los ochenta y tres?

La forma es con frecuencia la excusa para verdades relativas. Hay verdades independientes de la forma, que se dicen de una sola, o de mil formas diferentes.