miércoles, 27 de enero de 2010

La cucharilla de George Orwell

Esta noche junto al teclado, guardando como mucho la apariencia del color ambarino del últimamente habitual whisky con hielo, una taza de infusión de Chamaemelum nobilis, o manzanilla común, humeante como… bueno, como una infusión cualquiera. Destinada a conjurar, desde su humildad de tratamiento naturópata, la gripe intestinal que me aqueja y me retuerce la tripa, hazaña atribuible muy probablemente al virus de Norwalk, pequeña y funcional maquinita de causar estragos. Contraído sin duda, por otra parte, por mi usual costumbre de no molestarme en enjuagar los cubiertos cuando no quedan limpios en el cajón. Como mucho les paso una servilleta, o en el peor y más absurdo de los casos, lo chupo hasta que el metal parece impoluto. La utilidad de este sistema, no pasa de que no se mezclen el sabor del café de la mañana con el del yogurt del postre de la cena, por ejemplo

La dejadez me puede para según qué cosas. O más bien según la presión a la que me puedan someter, en función del tiempo que las consecuencias puedan tardar en aparecer, y de la gravedad de éstas. Cuando a George Orwell se le ocurrió la idea del doblepensar como técnica de omisión consciente para no tener que actuar de acorde con la realidad, me pregunto si no se daría cuenta de que no hacía más que rizar el rizo ante la posibilidad de, directamente, no pensar. No pienso que la cucharilla está sucia, y la uso, o bien pienso que está sucia, y no la uso, o doblepienso que la cucharilla estaba limpia cuando la haya usado. El objetivo de sumisión a la cucharilla se ha cumplido tanto en la primera como en la última opción, y el daño a mi persona, al individuo, está hecho, en pos del bien mayor y colectivo de la cucharilla.

Por otra parte, he conseguido un muy oportuno aplazamiento para el examen de mañana, así que a saber. Aunque mis divagaciones me resultan más interesantes con una copa de whisky.

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