domingo, 10 de enero de 2010

Dicción e identidad

Mi ojo bueno, el que ve y sabe -ya que ver es creer y el lúcido solo cree en lo que sabe-, es el izquierdo. El derecho parece una torpe imitación del primero, que lo sigue en el gesto y en el ánimo sin arte y con acusado titubeo. Mi siniestro ojo siempre está un poco más entornado, sacrifica perspectiva por profundidad y exige de por sí que se guarden las distancias. Frente al espejo, ignora con oscura altanería al diestro, y se dedica a escrutarse, empeñado en desentrañarse a través del infinito reflejo. Me encuentra de carácter templado como el cristal, constante, cierto. Reconocido el conflicto, la contradicción, el quiste emocional y supurante de mi identidad, mi ojo izquierdo me ve, me veo, me asumo, me engendro a mí mismo. El espíritu artero de mi órgano visual se ufana por el hallazgo, se crece y alimenta de constancia. Corta el espacio, se atraviesa y me atraviesa, perpetúa el rayo incisivo con potencia y alcanza, de nuevo, una total y abierta oscuridad, hecha de ausencia.

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