viernes, 8 de enero de 2010

Biología

Según tengo entendido, la fisiología de las emociones descansa sobre el sistema límbico, especialmente sobre un área denominada Núcleo accumbens, donde se ubican los sistemas de recompensa y castigo. Su circuitería se interconecta a través de un neurotransmisor en particular, la dopamina. La cocaína o las anfetaminas son capaces de cruzar la barrera hematoencefálica y actuar directamente sobre esta zona, incrementado los niveles del neurotransmisor. Por su parte, la heroína, la morfina y todos los opioides en general tienen receptores propios cuya vía desemboca en el mismo lugar. La nicotina activa ciertos receptores de acetilcolina, cuyo efecto en las amígdalas cerebrales conduce de nuevo a la liberación de dopamina en el Núcleo accumbens, en su capa más externa. El alcohol, además de aumentar los niveles de GABA, un neurotransmisor inhibidor de la actividad nerviosa que entorpece el pensamiento y produce descoordinación de los movimientos a la altura del cerebelo, es responsable directo de la liberación de todo tipo de catecolaminas como la adrenalina, la noradrenalina -de ahí sus efectos antagónicos según la dosis-, y por supuesto, la dopamina.

Según el DRAE, el sufijo -ina en química indica sustancia relacionada con lo denotado por el elemento principal de la palabra. Cabría plantearse qué dice de la etimología del lexema “dopamin”.

La cuestión que me interesa, es la realidad o irrealidad del sentido. El sistema de recompensa se pone en funcionamiento con una actividad placentera: comer, follar, reír, una temperatura agradable. Una música bella, un verso evocador, una escultura acertada. Un refuerzo, sea animal o convencional, de la amistad o el amor, por la vía de la oxitocina. Una mirada o un paisaje llamativo… incluso aquellas manifestaciones empáticas que nos producen malestar tienen su consecución sobre el centro del placer.

Cuando podemos imitar el resultado interno de las interacciones con el cosmos mediante sustancias ajenas, incluso aquellos que responden a nuestros deseos, a nuestros proyectos, es más, todo lo que hemos situado como frontera del yo y rostro de una identidad, cabe preguntarse por la certidumbre de lo que es, o no. A la vez, la arbitrariedad de lo que puede resultar placentero o perturbador en este nivel organizativo de la materia que hemos llamado individuo, implica plantearse la coherencia de este mecanismo, y su motivación adaptativa. En qué momento decidió la biología que debíamos disfrutar con una melodía, o que la simbología trascendiera el significado, el medio físico. En qué momento lo real y lo artificial se cruzaron a lo largo de la línea que el azar trazó como cualidad evolutiva. Acaso sea un daño colateral de la consciencia, de la capacidad conceptual humana y su inteligencia.

La recompensa ha superado al imperativo biológico. La supervivencia se ha quedado atrás, y prima el placer, pero ahora carece de la justificación de lo que es cierto ¿Importa? Probablemente no, mientras no pienses en ello. Pero a veces, le quita encanto al ejercicio de la creatividad, y a su efecto. A la emoción, y a su concepto.

La palabra dopamina está formada de DOPA y amina. DOPA son las iniciales de las palabras inglesas del ácido anímico Dihydr Oxy Phenyl Alaine, el cual se produce en el hígado y se convierte en dopamina en el cerebro.

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