domingo, 20 de diciembre de 2009

Mutero

…uelvasahablarasíhabrápersonasmásmalasperodelasquemehecruz

adoereslapeormalomalomalomeponesenfermamalditasealahoraen

queamísemeocurriósiesqueeresigualquetupadrepuestejuroquehast

aaquíhemosllegadopormipadredemialmaqueparecequeeselúnicoqu

emehaqueridoalgunavezasíqueyasabesdóndeestálapuert…


Que sueñen los bastardos

con el útero usurpado

al otro lado de la lápida,

que se ahorquen

con el cordón umbilical,

yo me voy, o me quedo

a romper la obviedad

de encontrarnos en la misma habitación,

preñada de despropósitos,

agotada de sí misma, de tanto mal.


Comenta un amante casual

que si un día regreso

será con el rabo entre las piernas

y dormido el ronco dolor

de heces y alquitrán,

que hoy encalan

las paredes de mi voz,


porque,


dime tú, incólume tirón del amar,

desierto arrabal de estercoleros,

cuento del último cuento,

océano del acabar,

espanto de dientes blancos,

engendro sin igual

¿no está ya satisfecha tu crueldad?

¿no se ha nutrido bastante tu maldad?

¿no me has hecho ya pensar

demasiado en el filo del cuchillo?

¿no me has hecho amar demasiada soledad?

¿no has herido a tus expensas,

y dejado sin defensas la casualidad

de haberme parido?

martes, 15 de diciembre de 2009

La Levedad: Juegos y Teoría

No bebo por mitigar la nostalgia crónica. Como mucho, enturbio la fenomenal definición de la incertidumbre, de la levedad. Me inclino a pensar que en ello consiste el empeño del lúcido. El estereotipo es un reflejo de esta situación: la inteligencia del que se percata, la misantropía ante la indiferencia del resto, la genialidad del que lo lleva al extremo, al abismo; o el que encuentra legitimado el exceso, insignificante la consecuencia y toca fondo dejándose arrastrar… al abismo. Donde de nuevo, se enfrenta a la levedad. El desenlace más lógico por tanto es una habitual y sana locura.

La levedad del ser está basada en el axioma de que no hay destino. El destino condenaría a la repetición del acto: la reiteración justifica la existencia, e implica eternidad. El acto es el fin en sí mismo, se verifica a sí mismo, se prueba y propaga en el tiempo. El imperativo categórico, pues, no era una pretensión de moralidad, sino de inmortalidad. El primer corolario podría ser que la mortalidad y la moral son excluyentes. El segundo, que no sólo no hay destino, sino que sólo hay destrucción.

Por supuesto, este enunciado pertenece a un teórico, y no al loco experimental.