jueves, 12 de noviembre de 2009

Deshomenaje o Respuesta del Príncipe Iluso

Tal vez el despistado príncipe, César Borja, reclamara a gritos a la guardia que había dejado atrás cuando cayó en aquella emboscada en Viana, donde fue muerto, tal como se dice que decían los antiguos. A mí, que no me remeda ningún Maquiavelo, que no me tiene en cuenta la Historia, me importe o me deje de importar, me sale requerir a mis ídolos para cuando me atacan pero no me muero: a mí, mis ídolos. A mí, el carismático misántropo, que me aburre el quehacer metódico del humano; a mí, el conquistador pendenciero, que se me cae la simpatía, que sólo sé hablar en primera persona de cosas sin sentido; a mí, el anacoreta, el humilde, el místico que sostiene, con ojos abisales, conversaciones con la tierra; a mí, el lúcido desanimado, el que llora sereno y ríe lento, sin tentativas a la realidad; a mí el que cultiva las resacas para conjurar la soledad; a mí, el rojo profundo, el militante, el pasionario; a mí, el héroe, el bruto, el bárbaro; a mí, Montalbán, Genet, Goytisolo, Krahe, Vicent…


Son prácticos los cultismos para desarrollar el intelecto, o las agudezas para el sarcasmo, la lógica para el que deconstruye, la brutalidad para el transgresor. Pero no hay estética, elegancia, ni razón para justificar la desilusión. No porque se deba estar ilusionado, sino porque es la rancia, repetitiva, extendida condena del iluso.

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