miércoles, 18 de noviembre de 2009

Algo que decir

Lo que he hecho hoy: me he levantado a las 13:03, así ,en digital, aunque se me repitan los dos puntos, porque no recuerdo cuando fue la última vez que me despertó un reloj analógico. Me acuerdo de la última vez que me despertó un reloj, pero tampoco es que me ocurriera antes de ayer ¿te interesa?, ni puta idea, tú eres el que está leyendo mi blog.

Me ha sacado de la cama una calculadora y extremadamente formada ametralladora oral de Amnistía Internacional llamándome al despertador -¿Sabías que en la franja de Gaza no conocen el concepto de crisis? Así que les va de puta madre, qué bien lo estáis haciendo, seguid así, ciao­-.

Sobran todos los detalles, excepto que me ha cortado el pelo un peluquero maricón disfrazado de peluquero maricón según las indicaciones del sindicato, que he ido al gimnasio a recoger las contracturas que están ahora de moda en la cama y que he comprado dos botellas de tres octavos de un rioja donde predominan la uva tempranillo y mazuelo. Ni puto caso, la segunda la he leído en la etiqueta. He tenido suerte, se han equivocado y me han cobrado de menos, si lo llego a saber compro tres. Me estoy terminando la primera.

En fin, que me he sentado a escribir, acerca de lo cual Wilde -el Enorme- dijo “Para escribir sólo hacen falta dos cosas: tener algo que decir, y decirlo”. No más referencias ni observaciones intelectuales o culturales por hoy, excepto la siguiente sinécdoque de proporciones sociales místicas: olé sus cojones. Porque en el siglo XIX se podía provocar al establishment siendo escritor, ocurrente y un “ostentoso sodomita”, aunque te dejaras dar por culo, en sentido figurado, por un Lord aniñatado con déficit de atención. Pero a mí, mi peluquero me ha puesto un gel que huele a coco y a todo el mundo le ha encantado, así que a lo mejor tengo algo que decir, pero no sé si habrá alguien para escucharlo, hostia puta.

Aunque a decir verdad, y en contra de lo que a algunos haya podido venderle, no tengo madera de outsider ¿Por qué? Al final, no se trata de una cuestión de ingenio, ni de carisma, ni de estilo. Pero como ya estoy un pelín borracho -oh, sí-, os haré la envolvente antes de ir al grano, expresión por cierto que no sé de donde coño habrá salido (la del grano), pero que me resulta un tanto escatológica y desagradable. Sospecho que de los dobladores de televisión. Sólo los dobladores de series norteamericanas usan este tipo de expresiones. Anyway.

El caso es que cuando hoy a las 05:12 he apagado la luz al meterme en la cama, me ha asaltado la más burda y extendida de las dudas existenciales: qué haría si me dijeran que me queda, por ejemplo, un año de vida ¡Oooooh! No os podéis imaginar, Nueva York, la Ruta 66, Las Vegas, El-Ei., y después, Australia, cenar en Japón, seguramente también Tailandia, una noche en el Sáhara (las estrellas) y buceo en Egipto. El David en Florencia, El Efebo de Maratón en Atenas, París, Barcelona, Madrid para terminar y a dormir. Cocaína, heroína, MDMA, putas, conciertos: System of a Down, The Prodigy… y de los antiguos, quién coño sigue en activo, a lo mejor Springsteen… y Jordi Savall dirigiendo el Requiem, o Yo-Yo Ma tocando las Suites de Bach para cello… Leer y escribir, media hora para escribir un libro. Bueno y qué. Entonces que hago metido en la cama, eh, en Japón son ya las 13:03, ya tendría que estar levantado.

El dinero. Y me ahorro los superlativos. El grano. Guillermo, el de las entradas anteriores, vete a llorar a otra parte, estamos hablando de temas importantes. Si esto fuera un monólogo de humor, yo os estaría mirando con cara de frase lapidaria ensayada; si fuera un discurso de alguna convención pluscuamhumanista, los bohemios me estarían tildando de superficial, los socialistas de materialista, los capitalistas de individuo motor… lo cierto es que si me dices que el dinero no me va a traer la felicidad, me lo creo. También sé que me evitará numerosas situaciones tristes, incómodas o dolorosas, pero no seré feliz. Estaré vacío. Pues bueno. Estoy deseando caer en esa anhedonia hiperremunerada, en el desinterés del millón de dólares, y ya iré a Florencia mañana ¿Me puedo hacer socio de Amnistía por internet? Muy bien, díselo a mi secretaria. Ejemplos, cientos: ahora mismo estoy escuchando Simphaty for the Devil, pero dile a los chinos, que pagan cinco millones -en analógico-, que los Rolling tocan en Pekín aunque se tengan que convertir al maoísmo. Como ya estoy bastante borracho, os voy a citar a un personaje de televisión, Hank Moody: Más vale una mañana de confusión que una noche de soledad. Una afirmación tan brutal, vacua, antiestética y cierta solo puede hacerla el hombre ocioso, que decía Aristóteles, lo que veinticuatro siglos después sigue traduciéndose como que existen el amo y el esclavo, el noble y el campesino, el patrón y el proletario, el globalizador y el globalizado, el que tiene dinero y el que no lo tiene.

Total, que no es que esté pensando en poner un puto anuncio de champú en mi blog, que además en relación con las visitas me iba a rentar poco, ni que mañana vaya a escribir un best-seller sobre templarios, vampiros o mujeres maltratadas. Pero os digo una cosa: si tuviera dinero para comprarme órganos vitales nuevos, en vez de joderme los pulmones y el hígado por turnos, primero el tabaco y ahora el alcohol, a los treinta y tres contrataba a un cirujano y mandaba al carajo la cruz, la universidad, las clases particulares, la moto de la pizzería, la bandeja del bar, etc., y abría una droguería para vender decadencia, espíritu y carcajadas. Un beso a todos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Deshomenaje o Respuesta del Príncipe Iluso

Tal vez el despistado príncipe, César Borja, reclamara a gritos a la guardia que había dejado atrás cuando cayó en aquella emboscada en Viana, donde fue muerto, tal como se dice que decían los antiguos. A mí, que no me remeda ningún Maquiavelo, que no me tiene en cuenta la Historia, me importe o me deje de importar, me sale requerir a mis ídolos para cuando me atacan pero no me muero: a mí, mis ídolos. A mí, el carismático misántropo, que me aburre el quehacer metódico del humano; a mí, el conquistador pendenciero, que se me cae la simpatía, que sólo sé hablar en primera persona de cosas sin sentido; a mí, el anacoreta, el humilde, el místico que sostiene, con ojos abisales, conversaciones con la tierra; a mí, el lúcido desanimado, el que llora sereno y ríe lento, sin tentativas a la realidad; a mí el que cultiva las resacas para conjurar la soledad; a mí, el rojo profundo, el militante, el pasionario; a mí, el héroe, el bruto, el bárbaro; a mí, Montalbán, Genet, Goytisolo, Krahe, Vicent…


Son prácticos los cultismos para desarrollar el intelecto, o las agudezas para el sarcasmo, la lógica para el que deconstruye, la brutalidad para el transgresor. Pero no hay estética, elegancia, ni razón para justificar la desilusión. No porque se deba estar ilusionado, sino porque es la rancia, repetitiva, extendida condena del iluso.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Volver

Casi siempre -un siempre relativo-, pasan las cosas que esperamos, con alguna pulsión de novedad, con algún aire de satisfacción o verificación de lo que somos, y sin embargo, parece que nos distrajéramos a la hora de hacer de ello una conclusión, un final. Por suerte. Porque la próxima semana a la mejor quiero volver a ver esta persona, conocida o no; porque me gusta esta canción y volveré a oírla, es sencillo; porque el próximo jueves me beberé la misma primera cerveza de más menos las diez en El Salvador, y la conversación será otra o la misma, no importa, las risas serán las mismas u otras.
Mañana bostezaré, me sentiré igual de cósmicamente ultrajado por el reloj, la estación del año y el calendario. Mi represalia será tomarme el café de de todos los días.
Es muy probable que, cuando toque, diga el mismo “te quiero” que uso para todos, y lo diga sin prisas y con la mirada relajada, ahora que estoy por cobrar el finiquito del trabajo del cinismo.
Si se le puede llamar suerte, y la tengo, tal vez sea consciente de cuándo voy a morir, y me da que me moriré igual que todos, con más miedo que otra cosa, sin querer abdicar de los recuerdos, los mismos quizá, que hoy quiero tener.
Y es seguro que al mismo tiempo estén muriendo los mismos de siempre, que se esté planeando la repetición de los asesinatos, de las guerras santas; que se esté descubriendo de nuevo la rueda, la escritura y el arma; que las personas de poder estén maquinando la misma mentira, y los líderes naturales se dediquen al cortejo y a la política, más o menos a partes iguales; que la tierra esté reclamando las mismas ruinas, y que con sus piedras también se lleve la memoria de los hombres, que se hagan de nuevo arena para volver a construir y recordar, como si fuera masa pastelera en manos del tiempo, cuando regresen los profetas a predicar lo que ya habíamos oído, o los artistas a enamorarse de lo que siempre ha sido hermoso, o puro.
Sin duda en algún río de algún país del mundo una gota de agua está regresando, después de noventa o cien años, a un pantano que ya visitó, y un breve girón de aire se ha enredado en el mismo risco por el que atravesó un día que fue una tormenta.
Y con toda probabilidad en Marte, hace ya miles de millones de años que los mares excavaron la cueva donde los hombres del futuro encontrarán las fotos rupestres de 10 gigapíxeles de Atapuerca.