domingo, 27 de septiembre de 2009

Formas en las obras de Sevilla

¡Estamos supeditados a la forma! En formas nos formamos para aplicar y comprender otras formas, siempre limitados por el ideal antropomórfico. En su omnipresencia, nos resulta banal, irritante, nos niega la posibilidad. Incluso para escapar, debemos estar versados en la forma. Empecemos pues, a domeñarla, y qué forma mejor que creándola pura, la forma sobre el vacío, la rutina.

La perspectiva resulta cruel, desoladora. Contemplo la carretera que bordea el campus, poco decidido a acometerla, por iterativa. La parada se ve cerca, un efecto óptico de la llanura sevillana. Dicen que la recta es el camino más corto entre dos puntos, pero los puntos deben de ser suspensivos, por la elongación de los pasos, como si de palabras se tratase ¡Anda, camina de una vez! Pero una vez puestos a caminar hay que echar a correr, es la ley de Murphy motorizada, una antigualla de las maravillas de la tecnología se acerca ya hacia la rotonda. Después de un tiempo en la Universidad, sabes calcular la velocidad necesaria según la distancia, el modelo de autobús, el chófer, e incluso –esperará, no esperará- el grado de mala oblea del rostro del mismo para llegar a tiempo. Lo que es la experiencia.

Hora punta. No hay donde sentarse. Todo el romanticismo del estudiante aplicado, haciendo los deberes en su asiento, agónico por los suelos. Existe una serie de fenómenos intrínsecos al transporte urbano: primero está el absurdo lenguaje del picador, cuyo ritmo puedes controlar si tienes la pericia suficiente para introducir y sacar la tarjeta. Demorar la última nota un segundo constituye ya un fracaso personal que te deja contrariado el resto del viaje. El segundo fenómeno es un caso de mecánica básica: no existe espacio material para mantener las piernas abiertas y apuntaladas, por lo que a cada frenazo, el acopio juvenil se balancea y estruja hacia la parte anterior del autobús. La aglomeración no deja lugar a la sensualidad, es lástima. Por último, en los autobuses se da en todo su esplendor una detestable magnitud cultural: la tediosa y cortés empatía del viajero aficionado, por más que el viaje sea de veinte minutos. La futilidad de las buenas formas.

Dominémonos. Se abren las puertas a la última parada, y el aire parece fresco después de la respiración acompañada del bus. El Prado destripado se luce ante una noria donde los bueyes desmadejan el tiempo.

Busco la intimidad de mis auriculares y comienza la danza, suena la Habanera de Carmen: la muchedumbre se mueve delicada por las avenidas, entrenadas hasta la médula por la costumbre, circula a pie por la derecha entre vallas de alambre hasta el primer semáforo, donde con apostura se detiene a contemplar el desfile de coches. Y al fin, luz verde ¡Todos a una! Se cruzan las parejas de la mano, se cruzan camareros y estudiantes, giran en torno a sí una vuelta -si je t'aime...- y continúan adelante. Se miran espigados perros y gatos, caminan elegantes las señoras, yerguen las espaldas los muchachos y pestañean las chiquillas. Los letrados, liberados de sus togas, se levantan el cuello al salir de los juzgados; los civiles menean sus bigotes. Los caballeros dan un paso atrás inclinándose al paso de las vírgenes, que alzan al vuelo sus faldas. Se encaran libreros y albañiles, se parten en requiebros. Tout autour de toi, vite, vite, il vient, s'en va, puis il revient ... tu crois le tenir, il t'évite, tu crois l'éviter, il te tient. Puerta Jerez estalla en salvas y vítores. Me libro de los cascos y emprendo la Avenida de la Constitución; la ciudad es gris de nuevo.

Los rostros acarrean como pueden sus mañanas hacia sus habitáculos de seis paredes. Proliferan las tiendas de cerámica y plástico, la Sevilla cañí y el arte kitsch se muestran sin pudor en los escaparates. Los grupos turísticos siembran el ambiente de inglés y miradas de satisfecha contemplación hacia la Catedral, levantando el labio inferior en señal de aprobación. El albero pulverizado se entreteje en mi nariz con el sudor de los obreros y el olor de la pastelería industrial recalentada, mientras los transeúntes colapsan las aceras como placas de ateroma. El albero, por cierto, se define como tierra para jardines y plazas de toros. Oriundo de Alcalá de Guadaíra, es de origen fosilífero, al igual que la piedra utilizada para construir la Catedral de Sevilla, junto a la que trabajan a la sazón los obreros transpirados. Pero dejémonos de concatenaciones superfluas.

Al dejar atrás las diminutas fauces de la Plaza del Cabildo –la metáfora espiritual de la calma de algún arquitecto romántico-, vacío la mirada de una manada de jóvenes en actitud de no dejar nada a los gusanos, ideas fáciles y tristes, tan fácil y triste como poder predecir la mañana de mañana por recordar la de la víspera. En Plaza Nueva, Fernando III, con aire pluscuamperfecto, hace un mohín a las palomas, en medio del caos y la tierra removida. Las lunas de las oficinas me ofrecen mi reflejo de ojos hundidos y andar desgarbado. Ahí te quedas Rey Santo, ninguna golondrina vendrá a visitarte por muchos rubíes que engarces en tus ojos.

En la calle Zaragoza, el portero de un pub rancio devora a los ufanos pretendientes a príncipe de bar con gestos saturninos. El invierno tinta ya el cielo de una oscuridad prematura y deprimente. La querencia me nubla los pasos, y con ojos pétreos cruzo una avenida más con nombre de reyes decadentes. Las gitanas venden buena estrella enraizada en brotes de romero. María la Portuguesa se arropa con manos mustias, hace tiempo que perdió su cánido compañero, no conviene tratar de adivinar su suerte. Algunos dicen de ella que guarda una fortuna en algún lugar de su palacio de cartón, pero se ha quedado sin herederos.

Arrojo con desgana una colilla que no recordaba haber encendido al entrar en la estación. Derrelicto en un mar de seres lacónicos, me derrumbo en la penúltima fila del bus. Anhelo a estas horas las sábanas que derramé en la madrugada. El sueño velará las fotos de Puerta Triana a Castilleja y el ruido de las carreteras y ríos estancados. No reparo en las fachadas de cal derrotada y las cafeterías redentoras de la calle Real. Al trote y de improviso he de bajar. Las hiedras de mi porche se retuercen como amantes en portales, mientras yo me peleo con las llaves. Acerbo regreso, qué coño hijo pródigo, se oyen increpaciones desde la cocina. En mi cuarto me desentiendo al fin de mi ropa, de mi piel, de mis formas. Clama una pluma fría sobre el escritorio.

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