martes, 29 de septiembre de 2009

Jazz

-¿Qué quieres de mí?

-Hacerte el amor, un cigarrillo, seguir hablando como si escribiésemos poesía. Y sólo pienso renunciar a una de estas cosas.

-Pues vas a tener que volver a fumar.

-¿Qué puede esperar un caballero de una dama?

-Jugar a las damas, tal vez, pero ¿con qué caballero? Me cuentan que se te ha quebrado la espada de rescatar doncellas.

-La elegancia perversa de siempre, querida. Boquilla de marfil, traje negro de seda y escote, corte italiano, humo de tabaco inglés. Cruel como una nota de Jazz.

Que se jodan

Que se jodan los cerrojos de los bares,

los fines de los fines de semana,

los que nunca se caen de los altares,

los putones con porteros en la cama.


Que se joda el matrimonio aunque

desgrave,]

la que presume de casta castellana,

los licores que saben a jarabe,

los que ahorran noches de amor para

mañana.]


Que se jodan los besos sin saliva,

los coños que cierran por la tarde,

los novios de mirada vengativa,


los impotentes que viven del alarde.

Que vivan las pollas delictivas,

y las mujeres que no se hacen las cobardes.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Estudiantes por el Intelecto y la Revolución

Cruzando la puerta de latón que da al pasillo de la Olavide, unos quince metros más allá de las máquinas expendedoras y los microondas en caso de que uno venga desde la cafetería antigua, resiste sobre una chapa de metal que hace las veces de portillo para una ventana con los cristales rotos, una pegatina tamaño cuartilla, en blanco y negro, con las siguientes proclamas:
<< ¡Únete al colectivo de Estudiantes por el Intelecto y la Revolución! Que tu expediente no sufra las consecuencias de tu comprometida militancia, conserva el grado de excelencia propio de las juventudes socialistas ¡Organízate, lucha, y obtén matrículas! ¡Haz la Revolución en tus horas muertas! Asiste a nuestras reuniones en la Plaza de Andalucía cada semana, todos… >>
La esquina donde figuraba la hora y el día de la semana ha sido arrancada, seguramente por algún falangista demente.
Si uno volviera sobre sus pasos, es decir, a la cafetería, y se sentara en el bordillo de la esquina del fondo del patio al que dan sus puertas, pero además pudiera volver también exactamente diez años y un par de horas atrás, tendría la oportunidad única, el privilegio raro, de escuchar, desde un ángulo sombreado en el que no levantaría sospechas, la siguiente conversación:
-Lo que yo creo, y estaréis de acuerdo, es que a día de hoy, cuando todo hijo de vecino puede ir a la universidad, y eso está claro, gracias a los logros de la lucha obrera de las últimas décadas, son los de las juventudes izquierdistas de uno u otro signo, los hijos me refiero, los que, incluso en las facultades, mantienen vivas inquietudes y actividades culturales. Somos los que continuamos elevando la media académica.
-Sólo hay que echar un vistazo a las actas de calificaciones. Y eso incluso en una carrera técnica como la nuestra. Ecologista, pero técnica. No te digo ya en Filosofía, en Antropología…
-Son los antiguos hábitos: la lectura, la conciencia política, la militancia…
-¡Ah! pero en militancia no podemos compararnos a nuestros padres… Mi madre aún culpa al PT de haber terminado estudiando Magisterio en vez de acabar Medicina. O tu padre, trostko… tu padre, te digo, joder lo que grita la gente para tomarse un café ¿Crees que alguno terminaremos con el hígado roto a ostias por infiltrarnos en algún sitio?
-Desde luego, las palizas en las comisarías no están tan a la orden del día. El problema es mantener el expediente, para seguir optando a las becas y ayudas gubernamentales ¡No vamos a dejar el dinero público, y aún los puestos de investigación y docencia universitaria, a los hijos de los ricos y acomodados! Para que encima sigan votando por sistemas no progresivos o por políticas de déficit cero… ¿queréis otro café?
-Yo prefiero una cerveza que son ya casi las once, ve tú, anda, que me estoy liando uno…
-Lo largas que se hacen estas horas muertas entre las clases…
En los sótanos que se encuentran bajo el pasillo inferior de la universidad, al cual se abren claraboyas reforzadas capaces de resistir los paseos diarios de miles de estudiantes, se amontonan viejísimos computadores que un día estuvieron a disposición del alumnado que antes recibía clases en la institución. Si uno pudiera escudriñar entre todo el cableado pelado y enredado, si pudiera destripar todo aquel hardware desfasado y polvoriento, tal vez pudiera encontrar, en un archivo de recuperación de correo electrónico, el mensaje transcrito a continuación:

Dirección: estudiantesporelintelecto@gmail.com
CC:
CO:
Asunto: Dichoso horario de las reuniones

Estimados portavoces de la EIR:
Les escribo para exponer mis argumentos acerca de la controversia y desencanto por el horario y lugar de reunión de nuestro grupo. Han de saber que de pequeño sólo me dejaban jugar en la calle hasta las siete y media. Y me acostaba a las diez. Luego mis puestas de sol eran todas horas muertas ¡Cuánto daño! Como diría Krahe. Me levanto a las siete y media, justo a tiempo para dormirme la primera hora de clase ¡Qué sueño! Que digo yo. Hoy día, hay que tener licencia para jugar con cuatro amigos apostando dinero a las siete y media ¡Qué desparpajo! Juguemos con garbancitos, y si gano, les invito a un cocido. Podríamos jugar en un café de París. Les Deux Magots abre a las siete y media. O ya puestos, pidamos imposibles: que un puñado de inquietérrimos, atareadísimos y policromáticos universitarios acertemos en el corazón a esas horas que hay que matar para asistir a una reunión. Yo entre la una y las cuatro y media me alimento, voy a clases, me duermo mezquinas siestas asesinas de horas lozanas. Y a veces la semana pasada iba a la primera reunión de un grupo de estudiantes socialistas para darme cuenta de que era el único que asistía a una reunión de un grupo de estudiantes socialistas cuya primera sesión caía en horas muertas. Puesto que había que votar un horario definitivo, si soy el único, me dije, esta es la mía, ya tengo otra forma de matar mis horas sin que nadie me quiera rebatir la personalidad horaria de los ajusticiados. Pero no ¡Pardiez! ¡Por Dios! ¡Perdón! Por la blasfemia. En fin, que a pesar de su oposición, me gustaría acabar con la hegemonía deshonesta, opresora, absolutista y fascista de las siete y media. Aunque en el fondo me da igual, porque la hora de las doce a la una me suena a socialdemócrata de centro derecha, de una a dos a populismo barato, de dos a tres me pisa el gimnasio, y de tres a cuatro me vuelvo de clase media y no me interesa la política. Los viernes, no obstante, me deshago en cuidados para que no se me mueran las horas, y no hay mejor UCI que un bar ni mejor suero salino que un par de cervezas. El emplazamiento me trae sin cuidado -rectifico, Les Deux Magots me pilla un poco lejos-. Así que mi voto va para el tripartito de la tarde de los viernes, y el lugar se lo dejo a ustedes, para que puedan mimar mejor sus horas, con la humilde sugerencia de que sea un café donde el bullicio suene a docto, o no suene demasiado (por pedir otro imposible). Espero que este correo se encuentre a la altura intelectual requerida. Con mis mejores deseos, pueden ustedes besarme un pie.

Atentamente, su primer y único afiliado.

(continuará)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Formas en las obras de Sevilla

¡Estamos supeditados a la forma! En formas nos formamos para aplicar y comprender otras formas, siempre limitados por el ideal antropomórfico. En su omnipresencia, nos resulta banal, irritante, nos niega la posibilidad. Incluso para escapar, debemos estar versados en la forma. Empecemos pues, a domeñarla, y qué forma mejor que creándola pura, la forma sobre el vacío, la rutina.

La perspectiva resulta cruel, desoladora. Contemplo la carretera que bordea el campus, poco decidido a acometerla, por iterativa. La parada se ve cerca, un efecto óptico de la llanura sevillana. Dicen que la recta es el camino más corto entre dos puntos, pero los puntos deben de ser suspensivos, por la elongación de los pasos, como si de palabras se tratase ¡Anda, camina de una vez! Pero una vez puestos a caminar hay que echar a correr, es la ley de Murphy motorizada, una antigualla de las maravillas de la tecnología se acerca ya hacia la rotonda. Después de un tiempo en la Universidad, sabes calcular la velocidad necesaria según la distancia, el modelo de autobús, el chófer, e incluso –esperará, no esperará- el grado de mala oblea del rostro del mismo para llegar a tiempo. Lo que es la experiencia.

Hora punta. No hay donde sentarse. Todo el romanticismo del estudiante aplicado, haciendo los deberes en su asiento, agónico por los suelos. Existe una serie de fenómenos intrínsecos al transporte urbano: primero está el absurdo lenguaje del picador, cuyo ritmo puedes controlar si tienes la pericia suficiente para introducir y sacar la tarjeta. Demorar la última nota un segundo constituye ya un fracaso personal que te deja contrariado el resto del viaje. El segundo fenómeno es un caso de mecánica básica: no existe espacio material para mantener las piernas abiertas y apuntaladas, por lo que a cada frenazo, el acopio juvenil se balancea y estruja hacia la parte anterior del autobús. La aglomeración no deja lugar a la sensualidad, es lástima. Por último, en los autobuses se da en todo su esplendor una detestable magnitud cultural: la tediosa y cortés empatía del viajero aficionado, por más que el viaje sea de veinte minutos. La futilidad de las buenas formas.

Dominémonos. Se abren las puertas a la última parada, y el aire parece fresco después de la respiración acompañada del bus. El Prado destripado se luce ante una noria donde los bueyes desmadejan el tiempo.

Busco la intimidad de mis auriculares y comienza la danza, suena la Habanera de Carmen: la muchedumbre se mueve delicada por las avenidas, entrenadas hasta la médula por la costumbre, circula a pie por la derecha entre vallas de alambre hasta el primer semáforo, donde con apostura se detiene a contemplar el desfile de coches. Y al fin, luz verde ¡Todos a una! Se cruzan las parejas de la mano, se cruzan camareros y estudiantes, giran en torno a sí una vuelta -si je t'aime...- y continúan adelante. Se miran espigados perros y gatos, caminan elegantes las señoras, yerguen las espaldas los muchachos y pestañean las chiquillas. Los letrados, liberados de sus togas, se levantan el cuello al salir de los juzgados; los civiles menean sus bigotes. Los caballeros dan un paso atrás inclinándose al paso de las vírgenes, que alzan al vuelo sus faldas. Se encaran libreros y albañiles, se parten en requiebros. Tout autour de toi, vite, vite, il vient, s'en va, puis il revient ... tu crois le tenir, il t'évite, tu crois l'éviter, il te tient. Puerta Jerez estalla en salvas y vítores. Me libro de los cascos y emprendo la Avenida de la Constitución; la ciudad es gris de nuevo.

Los rostros acarrean como pueden sus mañanas hacia sus habitáculos de seis paredes. Proliferan las tiendas de cerámica y plástico, la Sevilla cañí y el arte kitsch se muestran sin pudor en los escaparates. Los grupos turísticos siembran el ambiente de inglés y miradas de satisfecha contemplación hacia la Catedral, levantando el labio inferior en señal de aprobación. El albero pulverizado se entreteje en mi nariz con el sudor de los obreros y el olor de la pastelería industrial recalentada, mientras los transeúntes colapsan las aceras como placas de ateroma. El albero, por cierto, se define como tierra para jardines y plazas de toros. Oriundo de Alcalá de Guadaíra, es de origen fosilífero, al igual que la piedra utilizada para construir la Catedral de Sevilla, junto a la que trabajan a la sazón los obreros transpirados. Pero dejémonos de concatenaciones superfluas.

Al dejar atrás las diminutas fauces de la Plaza del Cabildo –la metáfora espiritual de la calma de algún arquitecto romántico-, vacío la mirada de una manada de jóvenes en actitud de no dejar nada a los gusanos, ideas fáciles y tristes, tan fácil y triste como poder predecir la mañana de mañana por recordar la de la víspera. En Plaza Nueva, Fernando III, con aire pluscuamperfecto, hace un mohín a las palomas, en medio del caos y la tierra removida. Las lunas de las oficinas me ofrecen mi reflejo de ojos hundidos y andar desgarbado. Ahí te quedas Rey Santo, ninguna golondrina vendrá a visitarte por muchos rubíes que engarces en tus ojos.

En la calle Zaragoza, el portero de un pub rancio devora a los ufanos pretendientes a príncipe de bar con gestos saturninos. El invierno tinta ya el cielo de una oscuridad prematura y deprimente. La querencia me nubla los pasos, y con ojos pétreos cruzo una avenida más con nombre de reyes decadentes. Las gitanas venden buena estrella enraizada en brotes de romero. María la Portuguesa se arropa con manos mustias, hace tiempo que perdió su cánido compañero, no conviene tratar de adivinar su suerte. Algunos dicen de ella que guarda una fortuna en algún lugar de su palacio de cartón, pero se ha quedado sin herederos.

Arrojo con desgana una colilla que no recordaba haber encendido al entrar en la estación. Derrelicto en un mar de seres lacónicos, me derrumbo en la penúltima fila del bus. Anhelo a estas horas las sábanas que derramé en la madrugada. El sueño velará las fotos de Puerta Triana a Castilleja y el ruido de las carreteras y ríos estancados. No reparo en las fachadas de cal derrotada y las cafeterías redentoras de la calle Real. Al trote y de improviso he de bajar. Las hiedras de mi porche se retuercen como amantes en portales, mientras yo me peleo con las llaves. Acerbo regreso, qué coño hijo pródigo, se oyen increpaciones desde la cocina. En mi cuarto me desentiendo al fin de mi ropa, de mi piel, de mis formas. Clama una pluma fría sobre el escritorio.