domingo, 8 de mayo de 2016

A dormir

            Marcos sabía por instinto que no quedaba mucho para que tuviera lugar la traición. Arropado como estaba hasta el cuello con dos pesadas mantas, el pequeño de siete años había trasladado su completa mismidad a su cabeza, y desde allí, toda su capacidad de atención a la rendija de luz que perfilaba la puerta entreabierta.
—Mamá... —el niño comprendía que era imposible que su madre la hubiera oído al volumen que la había llamado, pero había logrado el objetivo: solo con usar su voz, se había materializado el campo de batalla.
            Marcos puso entonces todas sus fuerzas a trabajar. Para que el próximo ‘mamá’ sonara audible, tenía que sobreponerse primero a todos los ‘No, Marcos’ anteriores, que eran en sí mismos tan incuestionables como la almohada en la que apoyaba la cabeza, o como la luz que se colaba desde el pasillo. Luego, al miedo a todos los ‘No, Marcos’ anteriores, porque en el tono que empleaba en ellos su madre había algo que sonaba a enfado y también a tristeza, pero que no era ni enfado ni tristeza y hacía que Marcos sintiera culpa, y eso lo asustaba. Por último, Marcos tenía que vencer la furiosa dignidad con que había asumido todos los ‘No, Marcos’ anteriores, porque a Marcos asustarse lo enfadaba hasta hacerlo llorar, y con las lágrimas solía invadirlo también un antagonismo irreconciliable.
—Mamá —tampoco podía haberlo oído, pero el tono había sido firme y concluyente. Marcos había ganado la batalla—. ¡Mamá!
            Los oídos del crío registraron los sonidos que vinieron del salón con la misma satisfacción mecánica con la que un tostador eyecta un par de tostadas calientes: el sillón arañando el suelo cuando su madre se levantó, correcto; el interruptor de la tele y el consecuente silencio al apagarse, correcto; el cimbreo del cristal de la puerta del salón al abrirse, correcto; las zapatillas de estar por casa de su madre al caminar por el pasillo camino de su cuarto, correcto.
—Qué pasa, Marcos —su madre había asomado la cabeza por la puerta sin llegar a entrar en la habitación.
—Mamá, no puedo dormir, ¿puedo jugar un rato más a las canicas antes de dormir?
—No, Marcos. Ya es tarde, yo me voy a acostar también. Es hora de apagar la luz—. Allí estaba, pensó el niño. La traición.
—¿No podemos dejarla hoy toda la noche encendida? Mañana podemos apagarla pero hoy de verdad que la quiero encendida—. Marcos había intentado usar un tono de educado y solícito. La diplomacia parecía ser importante para su madre, merecía la pena intentarlo a su manera.
—No, Marcos. Ya sabes que yo no tengo puerta en mi cuarto y la luz no me deja dormir. Mañana me levanto muy temprano, más que tú para ir al cole.
—Ya, mamá, pero ¿por qué no...?
—¡Ya está bien, Marcos! ¿Tengo que contar hasta tres? ¡A dormir! —su madre cerró la puerta y un segundo más tarde, la escasa claridad que se filtraba por debajo de la puerta desapareció con el clic del interruptor del pasillo.
            Marcos se permitió medio suspiro. Alguien que no era él parecía estar vomitando dentro de su estómago y se le puso caliente la piel bajo los ojos. Sabía qué venía ahora. Para Marcos la oscuridad no se asemejaba al vacío. Muy al contrario, Marcos veía cómo la oscuridad se aproximaba, palpaba su rostro y finalmente se introducía a través de sus párpados y se depositaba sobre sus globos oculares como el caramelo sobre una manzana de azúcar. O a la mejor eran sus ojos los que crecían, se hinchaban saliéndose de sus órbitas y seguían aumentando hasta ocupar todo el espacio entre sí mismos y el sitio donde empezaba la oscuridad. En uno u otro caso, al final de este proceso, era cuando aparecían los monstruos.
            Marcos apretó los dientes con fuerza cuando comenzaron a desfilar a su alrededor. Amarillo, ese es amarillo. Y ese otro es rosa brillante, ya lo había visto antes, es el que le da más miedo. No son sombras, como le había dicho alguna vez su madre, su madre-traición que ya estaría durmiendo.

martes, 23 de junio de 2015

Las cosas tienen un por qué

Si no me molesto
en ponerle
título a los textos,
qué razón puedo tener
para buscarle
sentido

a enamorarme.

domingo, 21 de junio de 2015

Sin título

Hoy vivo —quizás, lo más dramático—,
sin haberte buscado en otros brazos.
No reparto cartas para dos a la hora
desganada de jugar un solitario.

No ajusticié con gallardía el calendario
con la cruz de aquel último día
ni practico el vis a vis con tus fotografías.
No guardo, celoso, tu ropa interior en el armario

ni quedan manchas de tu maquillaje azul de labios
en la camisa que una y otra vez lavamos con sudor.
Se está cómodo, mi amor, ya que preguntas,
sesteando tras el burladero de los años.


Vértigo horizontal

G. sufría de vértigo horizontal. No le molestaban los cielos abiertos, pero sí los horizontes, cuando el día a día lo obligaba a salir a la calle. Por suerte existían las cárceles, y ya había decidido incluso a quién asesinar. El problema era conseguir que su víctima se acercara lo bastante como para que, al alzar la vista, no lo venciera el miedo.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Coherencia (II)

      Desear suerte a dos contrincantes que se baten, por ejemplo, al ajedrez o las damas chinas, plantea problemas obvios de concurrencia, en cuanto te lo planteas con un poco de seriedad. Es incluso más razonable el que los jugadores se deseen la mejor de las fortunas el uno al otro. Esta situación no cae en incompatibilidades.
      Como forma de simpatizar con todo el plantel de antagonistas al mismo tiempo es sin duda indefectible, no voy a negarlo. Ahora, que la falta de congruencia me toca los huevos y me los irrita en consecuencia tampoco lo voy a ocultar. Cuando peligra la coherencia  ¿no es mejor callar que complacer al semejante?

martes, 16 de diciembre de 2014

Rayuela

Búsqueda, juego y una tercera palabra que no existe, pero que se parece a fracaso. Fracaso sin que medie la derrota, puede ser.

martes, 11 de noviembre de 2014

Los espejos me preocupan menos, Borges

De conocerse, un segundo universo haría falta para albergar tanto saber.

lunes, 21 de abril de 2014

Mochilero

                Es un reflejo normal, una especie de vulgar metonimia  la que experimentan quienes te miran y te etiquetan mentalmente de ‘mochilero’ cuando cargas una mochila de montaña. Como si fueran las luces de gálibo del viajero. La gente reacciona con cierto pasmo, porque los mochileros son seres ubicuos y el lugar que ocupan en el mapa suele tener algún objetivo concreto mientras que la del resto, aun siendo el mismo, no lo tiene. La impresión es la de estar contemplando a un ser que es el centro de sí mismo, habitando el intervalo entre dos destinos. Yo sin embargo sólo voy camino de Madrid, otra vez.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Variaciones

Adolescencia: No bebo por mitigar la nostalgia crónica. Como mucho, enturbio la evidencia de la paulatina madurez emocional, diríase que entrópica, por la lánguida pero perceptible sobredefinición de la incertidumbre de la que vamos siendo objetos con los años.
            Puede que a los veinte aún salga barato el olvido, que las noches sean productos desechables -léase: de usar y tirar-, pero menos tiene un Gran Reserva, me voy ya macerando en los recuerdos, tiene cuerpo la libertad incondicional. Los ídolos se reciclan, te sacas el rey de la baraja para hacerlo caminar, te acuestas, haciendo la cuenta de cabeza y sin querer, pensando en las horas que le caben al despertador en las entrañas.
Diciembre de 2006

Actualidad: No bebía para olvidar, lo que me molestaban no eran los recuerdos. Utilizaba el alcohol para ser menos consciente de que el paso del tiempo —tiempo medido no en años, sino en cambios en la forma de percibirse a uno mismo— solo me había servido para aumentar la manía depresiva.
            A los veinte salía más barato olvidar, porque aún existían las noches y las noches eran refugios. Emborracharse, hablar de libertad, son piezas del puzle que encajan mejor a los veinte años. Los ídolos se heredaban o se reciclaban. Con todo, yo tenía que fingir mi propia suerte, aún seguro de gustar. Me acostaba y el cómputo de la ansiedad era demasiado obvio. Dormía mal.
Austeridad: Bebo para olvidar, pero porque no me aguanto a mí mismo. Nunca me he soportado. Por más que salga día sí y día también, por más que me emborrache con vinos peores o mejores, o discuta de política acaloradamente (como si supiera de qué hablo), por más que me empeñe en ignorar mi agonía, la vida me da tanto asco que no me deja ni dormir bien.
Agnosticismo: No te sabría decir por qué bebo exactamente, aunque es una cuestión sumamente interesante. A lo mejor es para aliviar un poco la angustia existencial que produce el paso del tiempo, la paulatina extinción vital, pero ¿acaso existe el tiempo como tal? ¿Es una noción antropológica, o una magnitud física mensurable?
            Quizás la percepción de la propia identidad, de libre albedrío al fin y al cabo, sea una ilusión de la experiencia, de recuerdos acumulados en los circuitos nerviosos durante, digamos, veinte años. Quizás sólo seamos objetos dinámicos, sujetos a los principios clásicos de acción y reacción, cuyo estado varía a causa del alcohol u otras circunstancias. O puede que haya un principio rector, un determinismo ético, o empático, o aunque sea físico, y si estoy triste o alegre sea por una causa trascendente. No sé, no sé. La duda no me deja dormir.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sin título

Elisa apoyó la taza de achicoria sobre la antigua balaustrada de granito que había en el balcón, y se asomó al jardín. El aire mecía las ramas del olivo, sus nudos quedaban a veces descubiertos, apenas visibles en la luz tenue. Del césped se veían también algunas manchas, pequeños archipiélagos secos en el suelo de arcilla, pero Elisa sólo se había demorado en ellos un momento. Miraba el horizonte, mientras deslizaba las manos por la piedra cubierta de salitre, por las melladuras lentamente, el tacto áspero y reconfortante, cada grieta en su sitio del círculo que dibujaba con los dedos.
Se volvió hacia la habitación, la brisa le agito el cabello gris. De forma inconsciente se buscó en el espejo, vio sus ojos, velados por un brillo ausente. En el tocador de cedro que se hallaba debajo, había un diario manuscrito, forrado con papel adornado con dibujos de flores. El encuadernado se había deshecho al abrirlo, y Elisa lo había dejado sobre el pequeño montículo de facturas pendientes sin poder llegar a leer más de una página.
Su mirada recorrió el rastro de ropa usada  de la puerta a la cama, donde Daniel ronroneaba, entre las sábanas revueltas. Lo miró remisamente, su pelo abundante, la espalda ancha, la línea de los hombros dulcificada por la incipiente debilidad de los músculos. No le veía el rostro, pero le era fácil formarse en la cabeza su imagen, el tabique nasal recto, los labios gruesos, siempre secos, la profunda cicatriz en la barbilla del día en que la estacha se partió y el latigazo alcanzó a Daniel en el rostro. Se estremeció. Quiso arroparse con su camisón, pero la tela se deslizó de nuevo hombros abajo, recordándole que tenía roto el tirante. Echó un vistazo al reloj-despertador y con pasos delicados, se acercó a la cama para meterse entre las sábanas. Rodeó la cintura de Daniel con el brazo izquierdo, metió la mano por debajo del elástico de los calzoncillos y le agarró tiernamente el sexo. Estaba duro.
—A buenas horas —le dijo al oído, mientras Daniel se desperezaba.
—Déjame en paz, Eli —barboteó Daniel, riéndose con voz ronca—. Hostia puta, para un día que nos ponemos... ¿Has dormido bien?
—No he dormido nada.
            Y con cuidado de no hacerle daño en la espalda, empujó a Daniel fuera de la cama, que se quejó tontamente antes de dirigirse al aseo.