lunes, 3 de abril de 2017

Excreta

Los fragmentos en cursiva de este texto pertenecen a mails, notas de prensa y mensajes reales que han servido de trasfondo al relato. Todos los nombres son ficticios, igual que el texto en letra regular.

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De: Alberto Fernández Huelín
Asunto: En relación a la Performance Excreta: acontecimientos en el fin de semana de San Valentín
Fecha: 16 de febrero de 2015, 12:58:35
Para: Lista de Trabajadores del Museo Estatal de Historia Natural  

En relación a la Performance EXCRETA:
1.- Entre las actividades programadas durante la exposición Excreta, aparte de talleres, este sábado se había programado un acto,  también llamado performance, encargado a Bruna Sancho Tovani y Marisa Cohiño. Esta actividad NO era el punto álgido de nada, como se indica en algunas informaciones de prensa. Era una actividad más relacionada con la exposición que inauguramos a cuento del Día Internacional del Retrete, creado por Naciones Unidas para concienciar sobre la importancia del saneamiento.

2.- Bruna Sancho trabaja en el Museo desde hace dos años, precisamente en difusión y prensa. Yo, (Alberto F. Huelín), que propuse que se hiciera esta actividad, asumí por esta razón, que no era necesario decirle a las performancers a qué se dedica el Museo. En concreto, no creí necesario explicar que hay dos líneas que el Museo no traspasa:
- la escatología política, y
- la escatología religiosa.

3.- En cualquier caso, la actividad se proponía PARA DENTRO del MUSEO y PARA PERSONAS MAYORES DE 18 años.

4.- La presencia en los medios de una foto de Bruna Sancho en actitud de defecar en el Monumento a la Constitución que se erige en los jardines exteriores del Museo:
-  no fue en ningún momento acordada con las performancers,
- se sale del recinto del Museo, y
- es accesible a personas menores de 18 años.
Los dos últimos aspectos quedan fuera del acuerdo verbal con las performancers y no figuran en la propaganda que el propio Museo ha elaborado al respecto. En consecuencia, la dirección del Museo ha resuelto esta mañana en junta extraordinaria cesar en sus funciones a Bruna Sancho.

5.- No voy a dar mi opinión personal al respecto. Sólo decir que entiendo perfectamente a la gente que se haya sentido ofendida por este despropósito, y pido –a título personal-, disculpas públicamente.
Cordialmente,
Alberto F. Huelín

10 de febrero
El ruido de la lluvia era el único que no perturbaba el sueño de Bruna. De pequeña, cuando su madre aún vivía, los días de tormenta colocaba latas vacías de metal bajo su ventana, normalmente las de tomate Cidacos que se usaban en casa para hacer espaguetis, para así oír más claramente el repiqueteo de las gotas. Ese sonido era el único en el mundo que se introducía y habitaba su mente sin alterar su estado. Como una oscuridad que se  torna gris uniforme inadvertidamente, en vez del habitual chispazo en medio de la negrura que suponía para Bruna el más leve ruido cuando intentaba dormir.
Aquella noche, sin embargo, ni siquiera la lluvia lograba tranquilizarla. Marisa dormía a su lado, respirando por la boca. Yacía boca abajo con una pierna fuera de la cama y la cabeza torcida hacia la mesilla de noche, donde había dejado el paquete de tabaco de liar, las llaves con el llavero en forma de pene cabizbajo y un par de anillos que solía llevar en los dedos meñique y anular.
Bruna se levantó y salió al pasillo. A pesar del frío, no se puso nada encima de la camiseta fina de algodón que le caía holgadamente casi hasta los codos, sin apretarle el busto. Se echó en el sofá, de cara a la ventana, contemplando las gotas sobre el cristal. Pensó en lo temprano que tenían que levantarse para el ensayo, y en la entrevista que les harían al día siguiente, en La Casa Encendida. Luego pensó en la gente de la oficina del Museo.

11 de febrero
Marisa le tocó el hombro y la luz se abrió paso hasta el centro de la confusión que era su propio ser. Se incorporó en el sofá y uno a uno, fue dejando que los nervios faciales ejecutaran los necesarios gestos de chequeo y reinicio, mientras los ojos se le acostumbraban a la claridad.
— ¿Qué haces en el sofá? —quiso saber Marisa, aunque el tono reflejaba un interés comedido.
— No podía dormir y me vine al salón para no molestarte.
Bruna se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Marisa la siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta del salón.
— ¿Quieres un café? —preguntó, pero Bruna ya había cerrado con pestillo y abierto el grifo de agua caliente. Marisa apuró su taza, la dejo en la repisa de la ventana y fue a prepararse para los ensayos.

12 de febrero
Locutora: Buenas noches radioyentes. Hoy tenemos de invitadas a Bruna Sancho, performancer y encargada de prensa del Museo Estatal de Historia Natural, y a Marisa Cohíño, su compañera, escritora y también performancer, que vienen a hablarnos de 'Excreta', su próxima e inminente actuación. EXCRETA es una performance físico-sensorial, donde el movimiento y la palabra de dos artistas irrumpen en la sala del Museo Estatal de Historia Natural  de Madrid para abordar el tabú de la mierda, el pudor de la caca. El museo se transforma en un laboratorio escénico y visual donde el público asiste a un viaje colectivo, un proceso digestivo y escatológico que atraviesa los cuerpos y las sociedades. Artificios y organismos con elevado interés científico esconden un interés estético que nos puede descolocar hasta puntos insospechados. ¿Ridícula, obscena, inoportuna, innombrable? La mierda, ese residuo inevitable que proviene de un cuerpo vivo, importa. Y mucho. ¿Qué podéis contarnos, cuáles son las ideas que vertebran la performance de la que disfrutaremos el día de los enamorados?
Marisa: Yo empezaría diciendo que usted —ustedes, los radioyentes— no son una mierda. La mierda es la sociedad. Cocinemos la mierda y transformémosla en oro. De la energía a la materia animada y de nuevo a la energía. Esta sociedad es un coprolito. El capitalismo es un coprolito. El capitalismo es una gran cagada fosilizada. Vamos a reapropiarmos de nuestro cuerpo y de otros medios de producción defecante. Qué ironía. Las convenciones del comportamiento humano y social. Los síntomas mórbidos de la mierda. Una colección de innombrables sustancias orgánicas. La caca es hermosa. La caca es frágil y poética. La caca es poderosa. La tecnociencia no puede apropiarse de ella y relegarla al oscurantismo de la defecación. Deposiciones. Deposiciones irreverentes. Vemos mierda donde no hay y no la vemos donde hay. Depón tu actitud. Depón una buena mierda y abona la tierra. Será la merde en tournée. Podemos transformar esta sociedad enferma con la buena salud de nuestra caca.

Bruna: Pero además de eso, Marisa, no olvides la necesidad acuciante de resignificar la mierda en la era postcaca. Acuérdate del oro de los incas, y de que todas somos caganers. ¿Por qué la mierda no ha salido de su lugar pestilente? Las podredumbres son otras… El control social. Mira la verdadera mierda que tienes alrededor. No hay comida sin mierda, no hay vida sin muerte. Así que donde hay mierda hay vida. Vete a cagar a gusto, Marisa, y tráeme una paloma de la ONU y a un par de seguratas. Yo me siento orgullosa de sentirme una mierda, y quiero hablar del amor. La mierda es amor. Todo pasa por el culo. Todos pasan por el aro. Es un ejército de lombrices y yo quiero ser erótica con la caca. ¿Cuántas personas están cagando en este mismo momento, ahora, ya? Cagamos en sociedad. Pero tranquila, no te voy a echar mi mierda. No voy a postergar mi cagada. La caca es una señal. Una señal de que te quiero.

13 de febrero
La tarde anterior, Marisa había salido hecha una furia del estudio de radio. Había cogido un taxi sin esperar a Bruna y no había vuelto a aparecer, a pesar de que en sólo dos horas tenían una última sesión de fotos en el museo para promocionar la performance. Se lo había advertido antes de llegar a la radio: he escrito Excreta como alegato político así que no vuelvas a hablar de nuestra relación, guárdate las chorradas sentimentales.
La lluvia seguía cayendo en Madrid. Si hacía frío, Bruna apenas lo notaba, sentada frente a la ventana del piso que compartía con Marisa, aunque ésta nunca tuviera dinero para el alquiler. Tenía  la vista  perdida más allá de las gotas que había sobre el cristal, como cuando reflexionas sobre un párrafo que acabas de leer sin apartar la mirada de las letras impresas en un libro. La intensa lluvia le recordaba las tormentas que solían caer el mes que pasó viajando por la selva lacandona en México, y lo bien que había dormido esos días. Todo lo contrario a la temporada que se dedicó a recorrer la costa del Pacífico, donde el rumor de las olas la mantenía despierta hasta que empezaba a clarear. Una noche, un tipo que se empeñó en dormir con Bruna en la cabaña que había alquilado en la playa de Mazunte, se burló de ella cuando la vio ponerse tapones en los oídos para irse a dormir. El sonido del mar es bello, le dijo, ¿qué clase de persona eres, que prefieres no escuchar el mar? Bruna no creía haber sentido más desprecio por nadie en su vida. Mucho tiempo después, cuando la conoció, Bruna le contó este episodio a Marisa. Ella se sonrió y  le contó cómo las niñas del colegio de monjas en el que había estado internada, cuando salían al campo decían ‘¡Qué bonitas flores!’, las arrancaban para prendérselas del pelo y se olvidaban de ellas. Ella se quedaba sola, contemplando los pétalos tiernos, los pulgones picando los tallos, y sentía como la flor le arrasaba las entrañas.
Bruna se calzó unas zapatillas de tela, se dejó puestas las finas mallas negras que tenía para estar por casa, se puso un abrigo impermeable y salió a buscar a Marisa. Cuando llegó al museo estaba empapada de agua y sudor. Dio un par de vueltas, indecisa, por los jardines, pero no vio a su compañera. Se acercó entonces al monumento a la Constitución que había en lo alto de la loma del extremo izquierdo del jardín, una serie de vigas de mármol unidas entre sí para formar los lados de un cubo abierto del tamaño de una habitación pequeña. Subiendo unas escaleras, se podía acceder al interior del cubo. Desde allí arriba, sin que la lluvia dejara de caerle sobre el pelo y escurrírsele por la espalda, buscó Bruna con cierta impaciencia hasta que vio a Marisa en la carretera de acceso al museo, a unos cincuenta metros.
Sus miradas se cruzaron y ambas contuvieron el aliento, atentas. La fuerza y el ruido de la lluvia aumentaron por momentos. El precario andamiaje interior de Bruna empezó a tambalearse, y no encontró en los ojos de Marisa asidero posible. Lentamente, sin apartar la vista, se bajó las mallas negras y se puso en cuclillas para cagar sobre el suelo de baldosas blancas. Marisa, con un leve gesto de desamparo en el rostro, alzó la cámara que llevaba al cuello y le lanzó una foto.

14 de febrero
De: Alberto Fernández Huelín
Asunto: Cancelación de la Performance Excreta
Fecha: 14 de febrero de 2015, 11:15:40
Para: Bruna Sancho Tovani 

Sra. Sancho,
ante la foto en la que aparece usted en actitud de defecar sobre el monumento a la Constitución que, nos han informado, subieron ustedes ayer a la cuenta de twitter de su compañía de teatro, citando además al Museo Estatal de Historia Natural y la exposición temporal que estamos realizando, nos vemos obligados a cancelar de forma inmediata la performance que iban a ejecutar esta tarde. Quede usted a la espera de nuevas medidas en lo que respecta a su puesto de trabajo en esta institución.

Sin otro particular,

Alberto F. Huelín

domingo, 8 de mayo de 2016

A dormir

            Marcos sabía por instinto que no quedaba mucho para que tuviera lugar la traición. Arropado como estaba hasta el cuello con dos pesadas mantas, el pequeño de siete años había trasladado su completa mismidad a su cabeza, y desde allí, toda su capacidad de atención a la rendija de luz que perfilaba la puerta entreabierta.
—Mamá... —el niño comprendía que era imposible que su madre la hubiera oído al volumen que la había llamado, pero había logrado el objetivo: solo con usar su voz, se había materializado el campo de batalla.
            Marcos puso entonces todas sus fuerzas a trabajar. Para que el próximo ‘mamá’ sonara audible, tenía que sobreponerse primero a todos los ‘No, Marcos’ anteriores, que eran en sí mismos tan incuestionables como la almohada en la que apoyaba la cabeza, o como la luz que se colaba desde el pasillo. Luego, al miedo a todos los ‘No, Marcos’ anteriores, porque en el tono que empleaba en ellos su madre había algo que sonaba a enfado y también a tristeza, pero que no era ni enfado ni tristeza y hacía que Marcos sintiera culpa, y eso lo asustaba. Por último, Marcos tenía que vencer la furiosa dignidad con que había asumido todos los ‘No, Marcos’ anteriores, porque a Marcos asustarse lo enfadaba hasta hacerlo llorar, y con las lágrimas solía invadirlo también un antagonismo irreconciliable.
—Mamá —tampoco podía haberlo oído, pero el tono había sido firme y concluyente. Marcos había ganado la batalla—. ¡Mamá!
            Los oídos del crío registraron los sonidos que vinieron del salón con la misma satisfacción mecánica con la que un tostador eyecta un par de tostadas calientes: el sillón arañando el suelo cuando su madre se levantó, correcto; el interruptor de la tele y el consecuente silencio al apagarse, correcto; el cimbreo del cristal de la puerta del salón al abrirse, correcto; las zapatillas de estar por casa de su madre al caminar por el pasillo camino de su cuarto, correcto.
—Qué pasa, Marcos —su madre había asomado la cabeza por la puerta sin llegar a entrar en la habitación.
—Mamá, no puedo dormir, ¿puedo jugar un rato más a las canicas antes de dormir?
—No, Marcos. Ya es tarde, yo me voy a acostar también. Es hora de apagar la luz—. Allí estaba, pensó el niño. La traición.
—¿No podemos dejarla hoy toda la noche encendida? Mañana podemos apagarla pero hoy de verdad que la quiero encendida—. Marcos había intentado usar un tono de educado y solícito. La diplomacia parecía ser importante para su madre, merecía la pena intentarlo a su manera.
—No, Marcos. Ya sabes que yo no tengo puerta en mi cuarto y la luz no me deja dormir. Mañana me levanto muy temprano, más que tú para ir al cole.
—Ya, mamá, pero ¿por qué no...?
—¡Ya está bien, Marcos! ¿Tengo que contar hasta tres? ¡A dormir! —su madre cerró la puerta y un segundo más tarde, la escasa claridad que se filtraba por debajo de la puerta desapareció con el clic del interruptor del pasillo.
            Marcos se permitió medio suspiro. Alguien que no era él parecía estar vomitando dentro de su estómago y se le puso caliente la piel bajo los ojos. Sabía qué venía ahora. Para Marcos la oscuridad no se asemejaba al vacío. Muy al contrario, Marcos veía cómo la oscuridad se aproximaba, palpaba su rostro y finalmente se introducía a través de sus párpados y se depositaba sobre sus globos oculares como el caramelo sobre una manzana de azúcar. O a la mejor eran sus ojos los que crecían, se hinchaban saliéndose de sus órbitas y seguían aumentando hasta ocupar todo el espacio entre sí mismos y el sitio donde empezaba la oscuridad. En uno u otro caso, al final de este proceso, era cuando aparecían los monstruos.
            Marcos apretó los dientes con fuerza cuando comenzaron a desfilar a su alrededor. Amarillo, ese es amarillo. Y ese otro es rosa brillante, ya lo había visto antes, es el que le da más miedo. No son sombras, como le había dicho alguna vez su madre, su madre-traición que ya estaría durmiendo.

martes, 23 de junio de 2015

Las cosas tienen un por qué

Si no me molesto
en ponerle
título a los textos,
qué razón puedo tener
para buscarle
sentido

a enamorarme.

domingo, 21 de junio de 2015

Sin título

Hoy vivo —quizás, lo más dramático—,
sin haberte buscado en otros brazos.
No reparto cartas para dos a la hora
desganada de jugar un solitario.

No ajusticié con gallardía el calendario
con la cruz de aquel último día
ni practico el vis a vis con tus fotografías.
No guardo, celoso, tu ropa interior en el armario

ni quedan manchas de tu maquillaje azul de labios
en la camisa que una y otra vez lavamos con sudor.
Se está cómodo, mi amor, ya que preguntas,
sesteando tras el burladero de los años.


Vértigo horizontal

G. sufría de vértigo horizontal. No le molestaban los cielos abiertos, pero sí los horizontes, cuando el día a día lo obligaba a salir a la calle. Por suerte existían las cárceles, y ya había decidido incluso a quién asesinar. El problema era conseguir que su víctima se acercara lo bastante como para que, al alzar la vista, no lo venciera el miedo.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Coherencia (II)

      Desear suerte a dos contrincantes que se baten, por ejemplo, al ajedrez o las damas chinas, plantea problemas obvios de concurrencia, en cuanto te lo planteas con un poco de seriedad. Es incluso más razonable el que los jugadores se deseen la mejor de las fortunas el uno al otro. Esta situación no cae en incompatibilidades.
      Como forma de simpatizar con todo el plantel de antagonistas al mismo tiempo es sin duda indefectible, no voy a negarlo. Ahora, que la falta de congruencia me toca los huevos y me los irrita en consecuencia tampoco lo voy a ocultar. Cuando peligra la coherencia  ¿no es mejor callar que complacer al semejante?

martes, 16 de diciembre de 2014

Rayuela

Búsqueda, juego y una tercera palabra que no existe, pero que se parece a fracaso. Fracaso sin que medie la derrota, puede ser.

martes, 11 de noviembre de 2014

Los espejos me preocupan menos, Borges

De conocerse, un segundo universo haría falta para albergar tanto saber.

lunes, 21 de abril de 2014

Mochilero

                Es un reflejo normal, una especie de vulgar metonimia  la que experimentan quienes te miran y te etiquetan mentalmente de ‘mochilero’ cuando cargas una mochila de montaña. Como si fueran las luces de gálibo del viajero. La gente reacciona con cierto pasmo, porque los mochileros son seres ubicuos y el lugar que ocupan en el mapa suele tener algún objetivo concreto mientras que la del resto, aun siendo el mismo, no lo tiene. La impresión es la de estar contemplando a un ser que es el centro de sí mismo, habitando el intervalo entre dos destinos. Yo sin embargo sólo voy camino de Madrid, otra vez.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Variaciones

Adolescencia: No bebo por mitigar la nostalgia crónica. Como mucho, enturbio la evidencia de la paulatina madurez emocional, diríase que entrópica, por la lánguida pero perceptible sobredefinición de la incertidumbre de la que vamos siendo objetos con los años.
            Puede que a los veinte aún salga barato el olvido, que las noches sean productos desechables -léase: de usar y tirar-, pero menos tiene un Gran Reserva, me voy ya macerando en los recuerdos, tiene cuerpo la libertad incondicional. Los ídolos se reciclan, te sacas el rey de la baraja para hacerlo caminar, te acuestas, haciendo la cuenta de cabeza y sin querer, pensando en las horas que le caben al despertador en las entrañas.
Diciembre de 2006

Actualidad: No bebía para olvidar, lo que me molestaban no eran los recuerdos. Utilizaba el alcohol para ser menos consciente de que el paso del tiempo —tiempo medido no en años, sino en cambios en la forma de percibirse a uno mismo— solo me había servido para aumentar la manía depresiva.
            A los veinte salía más barato olvidar, porque aún existían las noches y las noches eran refugios. Emborracharse, hablar de libertad, son piezas del puzle que encajan mejor a los veinte años. Los ídolos se heredaban o se reciclaban. Con todo, yo tenía que fingir mi propia suerte, aún seguro de gustar. Me acostaba y el cómputo de la ansiedad era demasiado obvio. Dormía mal.
Austeridad: Bebo para olvidar, pero porque no me aguanto a mí mismo. Nunca me he soportado. Por más que salga día sí y día también, por más que me emborrache con vinos peores o mejores, o discuta de política acaloradamente (como si supiera de qué hablo), por más que me empeñe en ignorar mi agonía, la vida me da tanto asco que no me deja ni dormir bien.
Agnosticismo: No te sabría decir por qué bebo exactamente, aunque es una cuestión sumamente interesante. A lo mejor es para aliviar un poco la angustia existencial que produce el paso del tiempo, la paulatina extinción vital, pero ¿acaso existe el tiempo como tal? ¿Es una noción antropológica, o una magnitud física mensurable?
            Quizás la percepción de la propia identidad, de libre albedrío al fin y al cabo, sea una ilusión de la experiencia, de recuerdos acumulados en los circuitos nerviosos durante, digamos, veinte años. Quizás sólo seamos objetos dinámicos, sujetos a los principios clásicos de acción y reacción, cuyo estado varía a causa del alcohol u otras circunstancias. O puede que haya un principio rector, un determinismo ético, o empático, o aunque sea físico, y si estoy triste o alegre sea por una causa trascendente. No sé, no sé. La duda no me deja dormir.